20-J: Entrar fuera

El 20 de Junio salimos para exigir un sistema sanitario público, universal, de calidad y de gestión democrática;  porque como hemos visto, privatizar mata.
Esta convocatoria antiprivatización de la sanidad de los diferentes territorios del Estado español nos requiere organizados, movilizados responsablemente, manteniendo las distancias que imponen los protocolos y,  en este tiempo de pandemia y paradoja, estaremos más unidos que nunca….
Otra vez, ¡a la calle, que ya es hora!

El amor fluye, imagina, sueña, contempla y, en su embelesamiento, a veces aminora su marcha; el odio jamás se distrae, nunca descansa; prueba de ello: el mundo que nos hemos dado.

El epígrafe de inicio refleja el espíritu y apela a una idea de mi abuelo, quien a través de las anécdotas de mi madre me enseñó a mirar el mundo.

Para bien y para mal, muy acorde con su tiempo, nos enseñó a asomarnos a la realidad desde el paradigma de la sospecha. 

Con los años, no sin resistencias, comprendí lo acertado de la perspectiva en una doble vertiente: su funcionalidad a la hora de construir un pensamiento crítico, por un lado; y la significativa casuística en favor del acierto, por otro.

Y en este ejercicio de anticiparse, en el que acertar puede implicar una derrota, es que hoy nos interpela la necesidad de no olvidar estos meses pandemia y confinamiento.

La primera no ha acabado, apenas da un respiro a nuestro estresado sistema sanitario; el segundo en cambio, en su relajamiento, nos expone a amenazas,  pero también a la posibilidad de empezar a delinear un orden nuevo; esto siempre y cuando la desescalada no archive nuestras reflexiones de ese “tiempo en pausa” con la misma velocidad que las recetas de panes caseros.

La generalizada sensación de que el mundo del que nos bajamos con el estado de alarma venía funcionando muy mal, nos llevó a prácticas mediante las cuales se sobrevivió al rigor de otros tiempos.

Sin ignorar la zozobra que supuso para muchos que vieron puesta en jaque su subsistencia, el aislamiento de la cuarentena nos permitió al redescubrimiento de nuestras redes vecinales y comunitarias, nos devolvió al contacto con los anónimos de proximidad, al encuentro sin prisas con nuestros compañeros de vida y de cama.

Aquello fue un salir dentro. Desde nuestros balcones nos encontrábamos acompañados por un mundo más extenso.

20 J Sanidad Pública
20 J a la calle, que ya es hora!

Desde nuestras organizaciones barriales, o desde nuestros portales, la solidaridad se propagaba silenciosa, contagiando una empatía que desafiaba en su velocidad al coronavirus.

Nos abrimos a un mundo “dentro” del cual encajaban mal las prisas del mercado; nos abrimos a nuestras familias,  a nuestros vecinos, a la satisfacción de nuestras necesidades más terrenales, a vivir conscientes de nuestra interdependencia y de la fragilidad de nuestros cuerpos.

Hoy, con la desescalada, el peligro es que nos devuelvan a aquella realidad que llamábamos “normalidad” y que como pudimos ver era parte del problema.

Mientras tanto, aquellos que ni se distraen ni descansan, porque en eso les va su poder y con este la vida, han tomado nota y han decidido pisar a fondo el acelerador hacia una normalidad que nuevamente blinde sus privilegios.

Cómo si nada hubiera pasado, y como si nuestro estupor ante el desmantelamiento del sistema público de salud ya hubiera desaparecido cual erupción estacional, vuelven a insistir sobre las viejas recetas de la antigua normalidad.  Esa normalidad donde los ancianos estaban a la intemperie en residencias que beneficiaban bolsillos privados de fondos buitres, y que cuando se desató la pandemia se las dejaron desahuciadas a los recursos públicos. Esa normalidad donde los trabajadores sanitarios, ya insuficientes para cubrir la demanda ordinaria de cuidados, se veían desbordados, infectados, y haciendo malabares para que a nadie se le fuera la vida en ese estado estructural de precariedad. 

Las crudas imágenes de aquella normalidad han restablecido el consenso sobre la necesidad de una sanidad pública, universal y de calidad; el que además goza de una gran transversalidad, porque por conservador que alguien se precie, nadie quiere quedar abandonado a la suerte de su código postal, y menos aún a la de su bolsillo.

Hoy la puja por restablecer el viejo orden se ve claramente en el cinismo de un discurso que sostiene la defensa de la Sanidad pública mientras firma contratos y cede terrenos públicos para la construcción por parte capitales privados de nuevos centros hospitalarios de “gestión mixta”, como les gusta decir; o ceden en concesión algunas porciones de centros públicos, en nombre de un ahorro y una eficiencia que como bien sabemos son inexistentes.

 

En este escenario, los profesionales sanitarios, los movimientos sociales, los sindicatos, las organizaciones barriales y la ciudadanía toda estamos llamados a atender el juego. No podemos volver a dejar todo en sus manos y mirar hacia otro lado.

Nuestra Nueva Normalidad hoy es entrar fuera; pisando fuerte, poniendo el cuerpo,  que aislado es frágil pero que movilizándose en marea se pone a cuidado y a salvo.

El 20 de Junio salimos para exigir un sistema sanitario público, universal, de calidad y de gestión democrática;  porque como hemos visto, privatizar mata.

Esta convocatoria antiprivatización de la sanidad de los diferentes territorios del Estado español nos requiere organizados, movilizados responsablemente, manteniendo las distancias que imponen los protocolos y,  en este tiempo de pandemia y paradoja, estaremos más unidos que nunca….

Otra vez, ¡a la calle, que ya es hora!

Mitos y experimentos

Nos encerraron y ahora nos encerramos. ¿Qué nos pasa? Como siempre, el sistema nos da una pauta más digerible, como la píldora mágica de Mary Poppins, con un poco de azúcar pasa mejor. Ya tiene nombre, no somos raros, todo tiene una explicación: lo que tenemos es el síndrome de la cabaña. ¿O no?

El 27 de marzo, pocos días antes de ser encerrados en nuestro país como consecuencia de la crisis sanitaria derivada de la pandemia del COVID-19, se publicó en la revista científica bioRxiv, un artículo titulado The need to connect: Acute social isolation causes neural crarving responses similar to hunger, algo así como La necesidad de conectar: El aislamiento social severo causa una respuesta neuronal similar a la que provoca el hambre. Los expertos del célebre MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts), siempre ávidos de tratar nuestros cerebros como campos de exploración para ver qué reacciones tenemos, no sabemos si por casualidad o por encargo, se adelantaron al confinamiento y reclutaron (término bélico que escojo a posta) un equipo de voluntarios sobre los que se hizo la siguiente comprobación: qué sucedería si pasaran un día, ¡sólo un día!, de hecho, unas horas, aislados del resto. No ver a nadie, no conversar con nadie, estar solos, incomunicados. Es cierto que, durante esas horas, seguramente interminables, se les privó de algo más de lo que a muchos de nosotros se nos ha privado, como la luz; por lo que, además, se vieron sometidos a la imposibilidad de saber cuántas horas llevaban encerrados y cuántas les faltaban para salir, algo que, a pesar de las diferencias, a nosotros también nos ha pasado, debido a la incertidumbre que hemos vivido. Como también es cierto que la mayoría de nosotros no hemos estado totalmente solos gracias a nuestros convivientes, nuestros vecinos y, como no, las redes y aplicaciones tecnológicas que hemos aprendido a manejar en tiempo y cantidad record hasta estresarnos con las citas online de amigos, familiares y conocidos varios. Pero lo interesante de este poco conocido experimento no es únicamente el experimento en sí, sino también el momento escogido y las conclusiones a las que se llegó. ¿Fue premonitorio o estaba diseñado para prever los efectos de lo que se avecinaba?

Conspiranóicas interpretaciones al margen, no podemos dejar de preguntarnos si de verdad era necesario y, sobre todo, en ese momento, comprobar algo tan evidente: Nuestro maravilloso cerebro no reacciona únicamente ante el ayuno físico sino también al ayuno emocional. 

Síndrome de la cabaña
Cabaña vs Síndrome

Las imágenes de la actividad cerebral de esas personas durante las horas de aislamiento (no forzado), no descubren nada nuevo: las personas necesitamos de otras personas como el comer. Exactamente como el comer, ya que si no comemos morimos de hambre y si no nos socializamos morimos de aislamiento. Quizás eso explique, no sólo las sensaciones que hemos tenido durante el encierro, sino también las ansias con las que hemos afrontado (o estamos afrontando) la salida. ¿Podría ser este el motivo por el que ni durante el pase a la fase 1, ni ahora, en el que muchos están viviendo el pase a la fase 2, seamos tan comedidos como debiéramos? La otra interpretación, es que, debido al miedo que ya forma parte de nuestro imaginario colectivo, a la frustración de saber que poco depende de nosotros, que excede a nuestro control, nos hayamos acostumbrado, hayamos bajado la guardia y abandonado la necesidad de reclamar lo que necesitamos con carácter vital. Es decir, hayamos acabado por desaprender un instinto, el de sobrevivir, y nos hayamos sometido a una realidad obligada que nos hace perder la capacidad de reaccionar: nos hemos vuelto, de forma aprendida, indefensos como otro experimento, esta vez de finales de los sesenta del psicólogo Martin Seligman, llegó a afirmar. ¿Ha sido esto lo que nos ha pasado y les ha pasado a algunos de nuestros hijos durante el aislamiento?

No hay nadie que no tenga constancia de casos de personas de distintas edades que, sorprendentemente, se sentían “bien” en casa. A gusto.

Niños que preguntaban el primer día de libertad ¿Dónde está el virus? No lo veo… y otros que se negaban a salir por si se encontraban con él. Hijos, ya adultos, que han llevado la comida con miedo y exceso (¿o no?) de distancia y celo a sus mayores para no exponerles; adolescentes, de natural ávidos del contacto con el otro, encerrados en sus habitaciones con sus ordenadores, o sin ellos, sin subirse por las paredes por no poder salir. Y, de nuevo, el sistema nos dio una pauta más digerible, como la píldora mágica de Mary Poppins, con un poco de azúcar pasa mejor. Ya tiene nombre, no somos raros, todo tiene una explicación: lo que tenemos es el síndrome de la cabaña.

¿conspiranóicas?

No es una cueva, es una cabaña. No somos ni estamos presos, hemos decidido no salir. Nos recluyeron en un principio, pero ahora nos recluimos nosotros.

De necesitar al otro como el comer, pasamos a la necesidad de reaprender a socializarnos. De vivir atenazados vamos a tener que recuperar la capacidad natural de disfrutar de la compañía ajena, además, de forma paulatina, no vayamos a recaer o a hacernos (y hacer) daño en el camino. Porque no hay nada más perturbador que pensar en que los niños tengan que dejar de tener miedo a jugar con sus abuelos, a acercarse a ellos sin ser “vectores de contagio” sino simplemente sus nietos. Nada más terrorífico que darnos abrazos a través de cortinas de plástico y trajes de astronautas. Nada peor que pensar en una adolescencia comedida, sin besos ni abrazos. Hubo quien al principio consideró que esto, además de una reacción de la naturaleza, pudo haber sido un experimento social. Lo cierto es que, pensado o no, así ha sido. Pero igual que la naturaleza se abre paso siempre y nos enseña el daño que le hacemos, nosotros, como naturaleza, estamos en condiciones de no olvidar la nuestra, por difícil que nos lo pongan. Frente al mito de la cabaña, combatamos la indefensión que pretenden que aprendamos. Retomemos las calles y nuestros deseos, eso sí, como personas críticas y responsables, no como cobayas de laboratorio.

Teletrabajo, conciliación y reincorporación al puesto de trabajo tras el confinamiento. Las otras crisis del coronavirus.

Ahora que en las administraciones públicas se vuelve al trabajo presencial ipso facto, mientras las empresas planean mantener el teletrabajo porque han visto que les sale más rentable, queremos reflexionar sobre la liberal idea del win-win. ¿Quién ha ganado de verdad?

Noelia, 52 años, administrativa.

A Noelia le avisaron casi una semana antes de decretar el estado de alarma de que iba a empezar a teletrabajar, lo mejor era evitar riesgos innecesarios y salvaguardar la salud de los empleados y así de paso, los intereses económicos de la empresa. Al principio le entusiasmaba la idea: madrugaría menos, podría quedarse en pijama sin necesidad de arreglarse o decidir que ropa ponerse cada mañana y, seguramente, podría trabajar muchísimo más relajada que con el estrés de la oficina. Llevaba desde los 24 años en la empresa y esto era como un cambio de aires. Además, su marido también podría teletrabajar así que había sido una suerte para ellos poder compartir tiempo juntos de nuevo, prepararían la mesa del salón para convertirla en su nueva oficina: un par de sillas de comedor y el par de lamparitas que usaban en las mesillas de noche. Era divertido construir su propio espacio, no era el más cómodo del mundo ni tenían la mejor luz, ya que el tamaño del salón no les permitía hacer muchos cambios, pero al menos sus jefes les habían procurado la posibilidad de quedarse en casa a salvo. Noelia le tenía mucho respeto al virus y las primeras semanas le parecía un regalo poder quedarse en casa. Después de las primeras semanas su espalda empezó a resentirse, y le dolía mucho la cabeza a causa de forzar la vista, incluso tenía la impresión de que ahora hacía jornadas más largas. En la oficina podía hacer descansos para fumar o comer, en casa se preparaba el café de la mañana y su paquete de tabaco y se sentaba al ordenador durante toda la jornada. En el confinamiento no había calle a la que bajar para despejarse. Después de completar su horario, de 8:30 a 14:00 y de 15:30 a 18:00 no quedaba mucho tiempo más que para recoger la casa, organizar y hacer compras, preparar la cena y la comida del día siguiente, un ratito de sofá y a la cama. Después de un mes de esta rutina intensa se empezaron a escuchar rumores de ERE en la empresa. Sabía, o creía haber oído, que durante el estado de alarma no se podía despedir por causa del coronavirus, pero en la empresa, una multinacional, alegaron que habían tenido menos beneficios, que no pérdidas, el año anterior (2019) que años anteriores, por lo que este año no se podría mantener a toda la plantilla. Los días siguientes trabajó el doble, el doble de lo que su espalda y su estado de ansiedad se lo permitían y por supuesto el doble de lo que le pagaban. Su nombre salió en las listas de los afectados por el ERE y su mundo se derrumbó entre esas cuatro paredes. Ya no tenía un trabajo al que volver y con su edad y la crisis económica que se avecinaba le iba a resultar muy difícil conseguir otro.

Angelines, 41 años, cajera y Ramón, 44 años, pescadero.

En la casa de Angelines y Ramón no ha habido confinamiento, al menos para ellos. Los dos trabajan en el súper del barrio, ella es cajera desde hace seis años, él pescadero desde hace doce. Los servicios esenciales no han parado. Ni siquiera les ha dado tiempo a tener miedo, ese era un privilegio que no han podido permitirse. Desde que comenzó la crisis sanitaria ellos han tenido que seguir trabajando porque en su casa hacen falta los dos sueldos. Tienen tres hijas, de 3, 7 y 9 años y no pueden permitirse no cobrar o cobrar menos porque tienen que seguir pagando la hipoteca de un piso que les costó mucho más de lo que vale. A los pocos días de que empezara la situación, su empresa “les invitó” a aumentar su horario, ya que la demanda aumentó y había que dar servicio a toda la gente que salía a hacer sus compras esenciales. No hubo alternativa, o se aumentaba el horario, porque “esto es una empresa familiar y entre todos tenemos que hacer un esfuerzo”, o lamentablemente no podrían seguir contando con ellos. Aunque habían comenzado a pedir turnos alternos para poder encargarse de las niñas, la situación no pudo mantenerse con el aumento de jornada. Hasta ese momento habíamos concebido a los abuelos como el pilar de la conciliación en este país, pero la situación había cambiado, ahora había que evitar dejar a los nietos con los abuelos porque estos eran considerados personas de riesgo frente al coronavirus. Pero, sin colegios y sin alternativas laborales Angelines volvió a comerse el miedo y, dicho sea de paso,la culpabilidad, y llamó a su madre para que se mudara con ellos y pudiera encargarse de las niñas.  Tres adultos y tres niñas en una casa de 50 metros cuadrados durante casi tres meses. Unos padres agotados, una abuela que con todo el amor del mundo aprendió a utilizar las nuevas tecnologías para ayudar a sus nietas con los deberes del colegio y unas niñas que vieron menos a sus padres que antes del encierro.

Roberto, 32 años, profesor de piano

Roberto eligió su trabajo por vocación, él ama la música y enseñársela a otros le produce una sensación de bienestar. Da clases en una escuela de música y tiene muchos grupos de distintas edades. Desde que empezó la pandemia ha tenido que adaptarse a dar las clases en red, después de aprender, él primero, la mecánica para poder llevarlas a cabo. Antes tenía grupos de hasta 15 alumnos y ahora sólo puede dar las clases mediante plataformas online que le permiten máximo 5, para poder mantener un feedback con ellos, por lo que tiene que triplicar su horario, con el mismo sueldo, por supuesto.Además de las clases, se ha tenido que encargar de la gestión de los grupos, ya que el personal de recepción estaba con un ERTE. Él ha contactado con los padres, ha organizado horarios de clases y ha distribuido a los niños. Pero sus clases no son iguales mediante plataformas que de manera presencial, sus alumnos no tienen pianos en sus casas, ni espacio suficiente y muchos se han ido desapuntando paulatinamente. Los niños no prestan la misma atención a una clase a través de la pantalla y más cuando lo hacen después de un día completo de clases del colegio. Para poder mantener el empleo, su empresa le ha propuesto notificar un ERTE al 50%;él seguiría haciendo todo el trabajo que hace, pero el SEPE le pagaría la parte que consta como que no trabaja, así cobraría lo mismo y ellos no tendrían las pérdidas que generan las cancelaciones de matrículas de los niños y podrían mantenerle en plantilla a largo plazo. Roberto sabe que eso es ilegal, pero no quiere perder su empleo, sabe que si firma el documento de notificación del ERTE puede meterse en un buen lío, y si no lo firma, también.

Ioana, 30 años, auxiliar en una clínica estética.

Ioanavive con su bebé de 15 meses en un pequeño, muy pequeño, piso de la periferia. Trabaja desde no hace mucho como auxiliar en una clínica estética. En su caso ha estado obligada al ERTE durante el estado de alarma ya que su empresa tuvo que cerrar. Mejor, es la primera vez que puede disfrutar de su hijo a tiempo completo. Es muy consciente de que va a cobrar menos y de que serán unos meses en los que tendrá que ajustarse; pedirá una moratoria de su alquiler e intentará ponerse al día en cuanto pueda. Pero compensa, porque podrá estar con el bebé. Después de su baja de maternidad, 16 semanas más 15 días que consiguió sumando sus horas de lactancia, tuvo que dejar al niño en la guardería con poco más de cuatro meses para volver al trabajo, no tiene familia en España y nadie ha podido ayudarle a conciliar. Desde el 13 de marzo por fin se está ocupando de él a tiempo completo, lo está disfrutando de verdad y por primera vez no se está perdiendo cosas: sus primeras palabras, sus primeras carreras… Pero desde la Fase 0 la empresa le ha comunicado que puede incorporarse a su puesto, sólo podrán dar servicio con cita previa, pero necesitan que ella se reincorpore. Ioana ha intentado exponer su situación familiar a su jefe, no tiene a nadie que pueda cuidar de su bebé y las guarderías siguen cerradas. Ha solicitado por escrito que se le saque del ERTE sólo en días alternos y con un horario parcial para poder apañarse, pero le dicen que eso no es legal, que no se puede y que se tiene que reincorporar de forma completa. Ella sigue creyendo que sí se puede, o eso ha leído en internet, pero no tiene medios ni recursos para pelear y demostrarlo. Tiene miedo a reincorporarse y tiene miedo a no hacerlo y perder el trabajo. Sin guarderías hasta la fase 3 no tiene otro remedio que dejar al niño con una vecina que se ha ofrecido, es la misma vecina que le ha estado ayudando con la compra y que a veces le sube algo de comida. Sabe que el niño estará bien, pero le invade la culpa.

teletrabajo
Teletrabajo

Estas son sólo cuatro de las historias de vida de los millones de españoles durante la crisis sanitaria del coronavirus.

Frente a la idea neoliberal del win-win en la que todos ganamos con el teletrabajo, queremos hacer una reflexión en la que podamos enmarcar la multitud de realidades que se escapan a las generalizaciones.

Hace años que las grandes empresas ensayaron la fórmula del teletrabajo para sus empleados, dado que se ahorraban incluso el papel de wáter, ese que empezó a escasear en los primeros momentos de la pandemia. Ellas, expertas en ahorrar gastos, llegaron a la conclusión de que era más rentable no pagar espacios físicos, no disponer de mesas, ordenadores, luz, gas, agua… para miles de personas y optaron por enviarlas a sus domicilios, eso sí con tareas tasadas, objetivos e hitos de cumplimiento (y seguimiento de sus resultados) concretos.Pero esta decisión no fue ni generalizada ni equilibrada, de manera que algunas empresas se digitalizaron pronto mientras otras permanecían en el siglo XXprefiriendo aferrarse al arcano control horario y de presencia.La regulación de esta realidad es inexistente aún en España:teletrabajarse confunde con trabajar en casa, y no tiene nada que ver. Eso de “mi despacho es mi portátil y mi móvil” estaba muy lejos de la realidad cuando sobrevino el “¡todos a casa!”.

Hemos estado encerrados y, a muchos de nosotros, se nos ha planteado de manera más o menos tácita o explícita que la elección era: o teletrabajas o te vienes al despacho, en el mejor de los casos,  teletrabajas o teletrabajas, en los casos medios, y la única opción de acogerse a un Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE), en los peores. Así, el teletrabajo se convirtió en nuestra garantía de supervivencia sanitaria y de mantener nuestro puesto de trabajo, haciendo malabares con la conciliación, ya que en casa no estábamos solo nosotros, sino que estaban también nuestros menores y nuestros mayores dependientes, y había que continuar con los cuidados cotidianos.

¿Quién tiene el valor de negarse a teletrabajar al ver subir diariamente las cifras de muertos en los mass media? ¿Quién se atreve a cuestionar teletrabajar si al hacerlo peligra la continuidad en el empleo?

A cambio de esa cuestionable sensación de seguridad, corríamos con todos los gastos que hasta ese momento había asumido la empresa e incluso, en muchos casos, con todos los medios que fueran necesarios: facturas de luz, agua, gas e internet y equipos como portátiles, que hemos llegado a quemar de tantas reuniones; ordenadores que hemos tenido que repartir por horarios entre los miembros de las familias o incluso bajar a comprar a la carrera por falta de ellos.

Nuestros nuevos espacios de trabajo, sillas incómodas, aptas para comer 1 hora y no para trabajar 8, mesas de comedor reconvertidas en improvisadas oficinas, mala iluminación, sin reposapiés ni monitores a la altura que especifica la normativa de prevención de riesgos laborales, y un largo etcétera que también han dependido del poder adquisitivo de cada trabajador y de las posibilidades de espacio que le ofreciera su vivienda.

Hemos echado horas interminables, difíciles de contabilizar, y por supuesto de remunerar, yhemos recibido llamadas a nuestros móviles privados en horas no laborales, total “si encerrado en casa no tendrás nada mejor que hacer”.

Nuestra esfera privada se ha visto invadida por webcams que dejaban entrar a nuestros domicilios a compañeros de trabajo a los que jamás hubiéramos invitado a nuestras casas. Nuestros hijos han presenciado reuniones e incluso han llorado después de escuchar broncas de nuestros jefes.

La seguridad de nuestra privacidad y de la de los datos que hemos manejado se ha visto amenazada sin controles que garantizaran la protección de datos personales, cuya responsabilidad también es del empleador.

Sin una regulación específica, cada cual ha conciliado como buenamente ha podido, pero no olvidemos que hacer lo que uno puede no es conciliar. Hemos trabajado mientras ayudábamos a nuestros pequeños con sus clases online, sin formación ni medios. Nos hemos organizado en horarios de cuidados para seguir las horas que se pudiera con las jornadas laborales y, una vez más, las mujeres han vuelto a soportar mayoritariamente la carga de los cuidados; porque en este país la corresponsabilidad aún no está normalizada, con y sin covid.

A la hora de reincorporarse a los puestos de trabajo, durante la desescalada, han seguido siendo ellas las que mayoritariamente se han reducido la jornada laboral, como ya hacían antes a la vuelta de las bajas de maternidad, con la correspondiente bajada de salario, para atender a los hijos, ya que los abuelos, en esta crisis, sólo eran la opción para quienes no podían permitirse cobrar ni un euro menos.

Nada de libre elección, nada de consenso, simple aceptación por “las especiales circunstancias”.

Es posible que, en perfiles laborales muy concretos, el teletrabajo haya resultado beneficioso tanto para el empleado como para el empleador, pero al resto, a la gran mayoría, les ha dejado en una clara situación de desventaja. El coronavirus ha evidenciado, entre otras cosas, que nuestro país necesita regulaciones específicas en materias de teletrabajo y conciliación.

Este gran experimento socio laboral, consecuencia indirecta de la pandemia, nos debe hacer aprender y reflexionar para que en un futuro las desigualdades laborales no recaigan siempre sobre los mismos.

PREGUNTAS FRECUENTES

  • Qué es teletrabajo:

La base jurídica se encuentra en el Acuerdo Marco de Teletrabajo de 2002 y en la Ley del estatuto de los trabajadores (LT Ley 3/2012) que, en su artículo 13, lo describe como: preponderante en el domicilio del trabajador o lugar libremente elegido por éste, basado en un acuerdo formalizado por escrito y reversible, con los mismos derechos y retribuciones, sujeto a que la empresa establezca los medios necesarios para asegurar el acceso a la formación y promoción profesional.

En concreto, la duración de la jornada debe especificarse, las horas deben ser pactadas, incluso con registro de jornada (no sólo para cumplir obligaciones por parte del trabajador sino por parte del empleador que debería, en caso de excederse, pagar el plus correspondiente). Las condiciones de prestación del trabajo deben garantizarse: luz, salud e higiene y ventilación, garantías que, en cumplimiento de la legislación en materia de prevención de riesgos laborales (Ley de prevención de riesgos laborales, artículo 14.5), no deben recaer en modo alguno en el trabajador.

  • Qué se puede reclamar en el teletrabajo:

El Estatuto de los Trabajadores, modificado por el Real Decreto Legislativo 2/2015, de 23 de octubre por el que se aprueba el texto refundido de la Ley del Estatuto de los Trabajadores (BOE de 24 del 10 de 2015) indica que:

  • En el caso de que tengan hijos o hijas, las personas trabajadoras tienen derecho a efectuar una solicitud de adaptación de jornada por conciliación de la vida familiar y laboral, hasta que los hijos o hijas cumplan doce años. 
  • Se mantiene el carácter voluntario del teletrabajo, la obligación de pacto entre las partes, Se debe dar formación al teletrabajador para utilizar el equipo a su disposición y las características de la forma de organización del trabajo (tiempo de trabajo, articulación del ocio y vida familiar, apoyo tecnológico, etc.). El teletrabajador debe aplicar las políticas de seguridad en el trabajo y podrá pedir una visita de inspección para su revisión.
  • El empresario está obligado a respetar la vida privada del trabajador.
  • Todo lo referido a equipamiento, responsabilidad y costes deben ser definidos antes del inicio del teletrabajo, aunque, por norma general, será el empresario el que debe proporcionar, instalar y mantener los equipos necesarios, salvo si el trabajador utiliza el suyo propio.
  • El empresario debe cubrir los costes de comunicaciones y apoyo técnico.
  • Otras normas de aplicación general son:
  • Real Decreto-ley 6/2019, de 1 de marzo, ha modificado el 34.8ET para favorecer el derecho a conciliar la vida familiar y laboral incluyendo expresamente la prestación del trabajo a distancia.
  • Real Decreto-ley 8/2020, de 17 de marzo. Entre las medidas excepcionales de naturaleza laboral para hacer frente al impacto económico y social del COVID-19, establece sistemas de organización que permitan mantener la actividad por mecanismos alternativos, particularmente por medio del trabajo a distancia. Con el objetivo de facilitar el ejercicio de la modalidad de trabajo a distancia en aquellos sectores, empresas o puestos de trabajo en las que no estuviera prevista hasta el momento, se entenderá cumplida la obligación de efectuar la evaluación de riesgos, en los términos previstos en el artículo16 de la Ley 31/1995, de 8 de noviembre, de Prevención de Riesgos Laborales, con carácter excepcional, a través de una autoevaluación realizada voluntariamente por la propia persona trabajadora.
  • Acuerdo Marco Europeo sobre Teletrabajo (16/07/2002),El teletrabajo es una forma de organización y/o de realización del trabajo, utilizando las tecnologías de la información en el marco de un contrato o de una relación de trabajo, en la cual un trabajo que podría ser realizado igualmente en los locales de la empresa se efectúa fuera de estos locales de forma regular

Sanidad Pública: ¿Por qué?

Expertos en contra del modelo privatizador,  indican que al proceso externalizador de gestión de los servicios sanitarios le falta transparencia, y en España no se rinden cuentas sobre la utilización de recursos públicos.

Personas de lo más variopinto tienden a estar de acuerdo en que la salud es lo más importante, sin embargo existen importantes divergencias entre los defensores de una sanidad 100% pública y universal y los defensores de una «colaboración público-privada»

 A primera vista puede sonar muy bien y puede venderse muy bien. ¿A quién no le suena bien la colaboración, la cooperación, el aunar fuerzas y fortalezas de cada sector, el reconocer que ambos sectores público y privado pueden complementarse?… pero en realidad esto que tan bien suena esconde trampas para la ciudadanía.

Se nos vende, entre otros argumentos,  el mantra de que la gestión privada es más eficiente,  lo cual en muchas ocasiones es una falacia.

Sin lugar a dudas,  existen iniciativas privadas brillantes,  eficaces,  y administraciones y organismos públicos en las que impera la dejadez, pero esto tiene también mucho de tópico, de estereotipo,  que como tal no da cuenta de la realidad  y quienes lo afirman, o bien repiten lo que saben de oídas, o bien esconden oscuros intereses que poco tienen que ver con mejorar el servicio a los ciudadanos.

Se habla de mejorar la eficiencia del sistema sanitario con la colaboración público-privada, pero no se habla de medidas concretas realmente probadas que mejoren tal eficiencia. No se han analizado seriamente, según indica la OCU,  qué causas han ocasionado las dificultades de financiación del Sistema Nacional de Salud. 

Expertos en contra del modelo privatizador,  indican que al proceso externalizador de gestión de los servicios sanitarios le falta transparencia,  y en España no se rinden cuentas sobre la utilización de recursos públicos.  Indican asimismo, que los ajustes de la plantilla deberían partir de ejercer control sobre quienes dirigen al personal sanitario y no reduciendo el número de personal sanitario.

La política de recortes ha llegado a tales extremos,  que la falta de personal ha hecho insostenible el sistema en esta última pandemia vivida en España.

A modo de ejemplo, según datos del Servicio Madrileño de Salud,  entre el año 2008 y el año 2010 la sanidad madrileña perdió 3.300 profesionales, a pesar de que la población con derecho a la atención sanitaria pública había crecido en unas 500.000 personas.

Recortes de gran calado tuvieron lugar en salud pública, especialmente en atención primaria, precisamente un área imprescindibles para el buen manejo de esta pandemia,  como así también de otras patologías; aunque los principales recortes de personal tuvieron lugar en hospitales. Cierto es que entre 2018 y 2020 el número de facultativos creció, pero en modo insuficiente.

antiprivatización de la sanidad
No a la privatización de la sanidad

Lo que llaman «libre elección de los pacientes» ha demostrado ser, ante todo, un lucro para las compañías privadas. De los cinco hospitales de la sanidad madrileña que tienen gestión privada ha quedado demostrado que sus tratamientos resultan hasta seis veces más caros para las arcas públicas.

El supuesto ahorro es una falacia, ha sido precisamente en esta pandemia cuando estos hospitales de gestión público-privada se han puesto de perfil y han derivado a los pacientes a centros públicos con mejores medios. Los seguros privados no han querido hacerse cargo.

Los protocolos de limpieza y desinfección también se han visto negativamente afectados por la externalización, en contratos que, en su inmensa mayoría,  no se sometieron a concurso público transparente. 

En síntesis, la privatización de la sanidad incrementa listas de espera, supone recortes desmesurados en personal y medios de primera necesidad, y solo parece favorecer el crecimiento y el lucro por parte de los seguros privados;  una gran promesa mentirosa que nos ha golpeado especialmente en esta crisis sanitaria y que  muchos se siguen empeñando en negar. Flaco favor hacen al país que tanto dicen amar; y como bien sabemos, el amor se expresa en obras que mejoren nuestra vida en común.

Todos, y la curva de la memoria

Días antes del primer estado de alarma, no sabíamos que el Covid-19 cambiaría radicalmente nuestras vidas. Tampoco sabíamos que pronto nos íbamos a olvidar de lo que ocurrió…

Unos pocos días antes del anuncio del primer estado de alarma, los rumores campaban a sus anchas por las calles del país, nos llegaban mensajes que alarmaban sobre un peligro inminente y otros que nos animaban a combatir el nuevo virus con calditos calientes. La rumorología hizo de las suyas, ayudada por los medios de comunicación, que contaban la película según los intereses de cada patrocinador, por las redes sociales y por la velocidad de transmisión de información que a día de hoy sabemos que es mucho más rápida que la del propio Covid-19.

Habíamos visto las noticias que desde hacía meses llegaban desde China, pero no eran nuestros enfermos, ni nuestros muertos. China estaba lejos y esas son cosas que no nos pasan a nosotros… El virus llegó a Italia, y aunque con una mirada más cariñosa, porque al fin y al cabo los italianos “se parecen mucho a nosotros”, y todo hay que decirlo, están más cerca, seguíamos viéndolo como algo lejano. Alguien que tenía familia allí nos contaba cosas que seguramente no pasarían aquí. No había razones por las que preocuparse, hasta que las hubo.

El 15 de marzo se decretó el estado de alarma, dos días antes el presidente se dirigió a los ciudadanos con un mensaje que nos paralizó a todos y que lo cambió todo. Corrimos a la compra a por paquetes de pasta y rollos de papel higiénico suficientes para sobrevivir dos años, porque nuestro estado del bienestar se tambaleaba y habíamos pasado de tener problemas del primer mundo a sufrir una pandemia mundial, y todo había llegado de manera inesperada… no fueron los inmigrantes los que nos trajeron el virus, no teníamos que tener miedo a lo que nos habían repetido constantemente, el virus había llegado de Europa y había entrado con un billete de
avión pagado y no en una patera. El coronavirus entró de forma legal y había llegado para quedarse.

Y en ese preciso instante la maquinaria mediática se puso a trabajar, había que pasar de mantener al pueblo contento: “panem e circenses” a retenerlo atento, porque el pan iba a empezar a faltar y nadie iba a tener estómago para circos. En resumen, había que transformar la sociedad del espectáculo en un lugar al que temer. Y nosotros nos sentamos calladitos delante de la televisión (algo que ya teníamos aprendido, pero eso sí, cada cual, en su canal, no fueran a envenenarnos con otras ideologías), a escuchar discursos, a memorizar cifras, y, por qué no, a aprender ya que estábamos, nociones de medicina, biología, enfermería, epidemiología y todo lo que esa cajita mágica pudiera enseñarnos. Habían conseguido captar nuestra atención.

Nos hablaron de la curva epidemiológica y de por qué era importante frenarla, y en este punto, nuestra atención era máxima. Era importante no colapsar el sistema sanitario ya que, si enfermábamos todos a la vez, no habría recursos para atendernos a todos. No entendimos por qué la sanidad podía colapsar, al fin y al cabo, teníamos a los mejores profesionales sanitarios a nivel mundial, ¿qué pasaba entonces con los recursos?, ¿dónde estaban? Solo hacía falta echar la vista atrás para recordar que años antes nuestra sanidad nos había pedido ayuda y se echó a las calles reclamando derechos y diciendo No a unos recortes que mermarían nuestros recursos. La Marea Blanca reclamaba que se garantizara una Sanidad pública, gratuita y universal, pero nosotros por aquel entonces, estábamos también sentados delante de la televisión, viendo, desde una distancia prudencial, como otros luchaban por nuestros intereses. Los recortes se produjeron y nuestra sanidad mermó. Hoy teníamos menos recursos y el peligro era real: había que quedarse en casa.

La curva de la memoria
La curva de la memoria

Rápidamente nos organizamos, nos whatsapeamos, nos videollamamos y nos retwitteamos, teníamos que cumplir y la responsabilidad era nuestra #quedateencasa #yomequedoencasa #quedateentuputacasa, y algún que otro mensaje positivo, #todovaasalirbien. Necesitábamos no colapsar y bajar la cifra de muertos diarios que día tras día, hora tras hora, y si me apuras, casi minuto a minuto, se nos narraba en los informativos. Teníamos que salvar a nuestros mayores de un triaje que, por falta de medios, no iba a ser amable con ellos. Había que bajar, como fuera, la tasa de contagio. Y había también, que agradecer a los trabajadores sanitarios su esfuerzo y desde nuestros balcones o ventanas (porque no hay que olvidar que hay quienes han pasado su confinamiento sin un balcón al que poder asomarse) salíamos cada día puntuales a las 20:00h a aplaudirles. Y así lo hicimos, porque cuando queremos, a humanos no nos gana nadie.

Durante las siguientes semanas hicimos vida en cuarentena, cuidando desde la distancia y como supimos hacerlo, de los seres queridos que no teníamos en casa y de los familiares que enfermaban y no podíamos visitar. Pero también creamos redes para cuidar a quienes no eran familia: en las comunidades de vecinos, por ejemplo, se podían ver carteles ofreciéndose a ayudar a vecinos mayores que lo necesitaran, o a hacer la compra a quien no pudiera. Se multiplicaban las iniciativas para entretener online a nuestros pequeños y a los no tan pequeños y empezamos a bucear en una rutina que alternaba el teletrabajo, con la lectura del BOE, las clases de pilates online, los retos con papel higiénico, las iniciativas solidarias, los conciertos a través de directos de Instagram, las manualidades para niños que nos mandaban desde los colegios y como no, con el ineludible aplauso sanitario de las 20:00h. Durante esas semanas vivimos cada uno en su casa, pero más conectados que nunca. Fuimos solidarios, empáticos, generosos y ecologistas como no lo habíamos sido jamás, al fin y al cabo, descubrimos que nosotros éramos el virus para el planeta. Y empezamos a pensar que la pandemia nos había convertido en mejores personas.

Seguían pasando los días, #día15, #día23, #día38, #día42… nuestra atención comenzó a aplanarse paralelamente a como lo hacía la curva de contagio… Y justo ese día 42 liberaron a nuestros niños: pudieron pasear acompañados de un adulto con horario y tiempo limitado. Algo había cambiado y nosotros, como las nuevas mejores personas que éramos, teníamos la oportunidad de demostrar nuestra responsabilidad civil para con el resto. Pero las noticias, algo menos incesantes, que nos llegaban de los medios eran alentadoras, las cifras bajaban tímidamente y podíamos entonces relajar nuestro interés en la pandemia, podíamos empezar a reclamar nuestros derechos pidiendo más libertad. Queríamos salir de casa, como habían dejado a los niños.

Una semana más tarde salimos, por grupos de edades, con horario y distancia de seguridad, sin mezclar a nuestros peligrosos menores con nuestros delicados mayores. Paseamos, o más bien deambulamos, por los no-lugares de nuestras ciudades descubriendo que nuestro espacio público no era ni tan público, ni tan espacioso como para que cupiéramos todos. Aun así, estábamos más relajados, porque, y esto ya nos empezaba a sonar de oídas, cada día había menos fallecidos, aunque ya no sabríamos afirmar exactamente cuántos, y es que ya no veíamos tanto la tele, nuestro interés por la pandemia se reducía a la vez que bajábamos el volumen de los telediarios. Por fin éramos libres, aunque solo fuera un ratito, y teníamos que aprovechar, ¿qué podía salir mal? Solo había que centrarse en tener sentido común, ese que en realidad no es ni común ni colectivo, ese que cada uno tiene el suyo, como decía Groucho Marx de los principios. Total, ¿qué va a pasar si quedo con unos amigos para salir a correr?, ¿y si de camino al súper paso, pero un ratito solo, a casa de mis padres?, ¿y si nos juntamos un grupo de madres para que los peques jueguen juntos y desfoguen?, ¿y si…?, ¿y si…? Seguro que no va a pasar nada. Tampoco pasa nada si ahora no salimos a aplaudir siempre, ¿no? Se hará cuando se pueda porque a las 20:00h ahora empieza justo nuestro paseo…

Oíamos que la situación seguía mejorando, pero ya ni siquiera podíamos prestar atención, aunque quisiéramos, a lo que estaba ocurriendo en los hospitales. La información al respecto empezaba a llegar sesgada y se mezclaba con muchas más noticias de índole político y económico. Los medios, y los propios políticos, echaban leña al fuego e invitaban a posicionarse ante un enemigo que pintaban como cada vez menos común. Nuestra realidad había vuelto a cambiar, (demasiados cambios en pocos, pero largos días), y como la cosa mejoraba había que desescalar, ese era el plan y no había otro, la economía necesitaba regenerarse o tendríamos que alimentarnos solo de circo en un futuro. Teníamos que volver a nuestros trabajos y el mundo de ahí fuera poco había cambiado salvo por un nuevo complemento que nos adornaba a todos: las mascarillas. El mundo seguía girando igual de rápido que antes del encierro. No se habían congelado las prisas ni se habían dilatado los tiempos. No cabían ya todas esas cosas que hacíamos en casa, salvo alguna clase online, la tele y el BOE, por si las multas. No cabían ya los aplausos, porque además salíamos ya muy pocos a hacerlo, y ya no hay colapso y en la tele dicen que vuelve a haber recursos para todos… Poco a poco iba cobrando más fuerza la idea de que el enemigo era el de enfrente en
vez del propio virus, y unos cuantos, alentados por sus líderes, salieron a reclamar lo suyo, olvidándose de que es distinto pedir que se mantengan los privilegios que luchar por los derechos. Disfrazados, literalmente, de patria, de la de todos, hacían sonar sus cacerolas para pedir lo que desde cuna era suyo. No habíamos oído antes esas cacerolas en ninguna calle, no salieron antes para luchar por lo público ni para unirse al ruido que hicieron las mareas, ni para apoyar a nuestras mujeres. Sonaban solo por ellos, porque el bien común, una vez uno a salvo, había vuelto a dejar de importar. Sonaban remplazando a los aplausos que poco a poco habíamos dejado de hacer sonar todos. Nosotros ya no éramos todos como habíamos sido durante la pandemia, nosotros ahora volvíamos a ser nosotros y ellos volvían a ser ellos.

Pero lo cierto, es que tenemos una memoria demasiado frágil y que hace apenas dos meses nos estábamos aferrando todos a nuestros sanitarios como quien se agarra desesperado para no caer por un precipicio. No olvidemos que han sido ellos con su trabajo los que nos han salvado del desastre, a pesar de contar con los medios limitados, a pesar de tener que arriesgar sus vidas, e incluso alguno dejándosela por el camino. No olvidemos que hay que seguir aplaudiendo su esfuerzo y dedicación al curar, sanar, calmar y acompañar a nuestros enfermos. Ni de que, además de aplausos, necesitan acciones para mejorar sus condiciones laborales, que aun hoy, después de haber recibido la medalla pública de héroes, siguen siendo precarias. No nos olvidemos tan rápido, por favor, de que durante semanas hemos sido buenas personas, ni de que podemos seguir siéndolo. Ni de que el sentido común a la hora de volver a la nueva normalidad es lo único que impedirá que los trabajadores de la sanidad se la tengan que volver a jugar por todos. Por favor, no nos olvidemos, como olvidamos el Prestige, la guerra de Irak, los ERES en Andalucía y las tramas de corrupción. Por favor, mantened vuestra atención y recordad siempre, que todo esto sí ocurrió. Y aplaudid muy fuerte, TODOS.

Fase I: ¿Dónde vamos?

Conviene recordar aquí, que el neoliberalismo es mucho más que un modo de organización de la actividad económica; es ante todo, y por sobre todo,  un dispositivo cultural que invade todas las áreas de nuestra subjetividad

Antes de abordar con un exceso de entusiasmo la denominada fase I del desconfinamiento, parece pertinente mantener la atención en algunas cuestiones.  No vaya a ser que  la reapertura de tiendas y la flexibilización del cepo nos devuelva a la vorágine en la que vivíamos, y volvamos a caer en el perezoso hábito de pensar nuestra realidad con la profundidad que permite la extensión de un tweet.

Estaría bien que,  entre todos los trastos viejos que durante esta cuarentena hemos desechado, nos entregásemos a la tarea de  desempolvar nuestro “sentido común” y ver si vamos a quedarnos con todas las ideas desorganizadas que lo habitan,  y que nos habitan, o si por fin vamos a intentar poner orden, establecer conexiones, rescatar viejos saberes, y dejar entrar lo nuevo.

La COVID-19 se nos reveló monstruosamente agresiva, y así nos mantuvo aterrados un tiempo.  En cuanto la intensidad del miedo comenzó a ceder,  han salido a advertirnos sobre la segura llegada de una “segunda ola”,  que mientras no encuentren la vacuna, y un número suficiente de la peña haya desarrollado defensas como resultados del tránsito por la infección (que ya veremos si acaso es eso posible!), no lograremos la tan ansiada como  discutida “inmunidad del rebaño”,  ese cortafuegos que nos protegería a todos como resultado de la combinación de ambos milagros, el de los recuperados y el de los vacunados.

A lo mejor, mientras vencemos la inercia física que permite esta nueva fase, cabría estar atentos a  otros peligros que nos acechan, y dar repaso a otras pestes que padecemos hace tiempo, y que nos mantienen confinados, aún cuando nos permitan circular.

La madre de todas las pandemias bien podría ser la desigualdad, por su transversalidad que no perdona colectivos,  atravesando los binomios: hombre/mujer, trabajadores fijos/temporales (precarizados todos y cada uno de ellos) ciudadanos/migrantes, etc..

Nortes y sures que ya no se excluyen,  porque en la aldea global cada norte tiene su sur dentro. Aunque por su  persistencia en el tiempo, y la por fragmentación que produce en el territorio, podríamos definir a la desigualdad más como  endemia que como pandemia.

¿Cómo fue posible -nos preguntábamos en estos días- que estuviéramos viviendo sin red (en toda la variedad polisémica en que se despliega el término)

Tal vez fue posible, por que unos muchos pensaban que los que estaban sin red, si bien eran muchos, eran “otros” (los migrantes, las prostitutas, los mena´s, los ilegales, nuestros viejos con sus menguadas pensiones, los temporeros. En fin, otros) y el coronavirus, con su inquietante velocidad de propagación y sus metáforas, nos vino a sacudir la palmera.

Fue posible tal vez, porque el sistema de vida que nos hemos dado, y el paradigma económico que lo promueve,  nos ha dejado sin herramientas. Conviene recordar aquí,  que el neoliberalismo es mucho más que un modo de organización de la actividad económica; es ante todo, y por sobre todo,  un dispositivo cultural que invade todas las áreas de nuestra subjetividad, impregnando todo con su lógica y convirtiéndolo todo en mercancía: los vínculos, los placeres, nuestra relación con el cuerpo, el empleo del tiempo, nuestra forma de amar y de estar en el mundo.

Es una ética y una estética super eficiente a la hora de producir sentido, por lo que nos amarra desde una subjetividad que define como “sentido común”.  De no ser así, sería imposible pensar la impostura en la que vivimos, y como vamos naturalizando aquello que debiera sacarnos los colores.

fase I apertura hostelería
Fase I:

“Es lo que hay”, he aquí  para muestra un botón.  Una perlita del discurso que nos captura y nos habla (porque nos aliena de nuestra singularidad, e incluso de nuestro destino común, y somos hablados por esa lógica perversa constructora de sentido).  Esta expresión, por cotidiana, nada tiene de inocente. ¿Os imagináis a los seguidores de Robespierre al interior del movimiento Jacobino, aceptando las tesis de los que sostenían que había que detener la revolución para no exasperar a las monarquías  del entorno y convenir los términos de la continuidad del Régimen, bajo el maquillaje de un orden constitucional? Pensad por un instante al ala más radicalizada del movimiento sufragista británico asumir el argumentario de las moderadas,  que pretendían seguir esperando por el voto femenino luego de sesenta años de infructuosa lucha.

El “Es lo que hay”, que no niego que en algún limitado contexto pueda funcionar como aceptación de las herramientas con que se cuenta para producir cambios, sugiere más bien un ámbito de maniobra limitado, nos advierte de un inútil combate que perderemos antes de intentarlo.

Llevémoslo al microscopio semántico, y ensayemos una suerte de deconstrucción . Vamos allá:

No hay EPI´s.  No hay solución habitacional para las mujeres víctimas de violencia de género de los sectores populares.  No hay un parque suficiente de viviendas de alquiler social para intervenir el mercado a la baja, y de paso asegurar a todos la dignidad de dormir a cobijo como derecho inalienable por el mero hecho de existir.  No hay mascarillas.  No hay test.  No hay contratos indefinidos, ni certeza para los trabajadores en régimen de interinidad.  No hay respiradores suficientes. No hay un sólo pilar del Estado del Bienestar que subsista a la lógica del recorte y las políticas de austeridad.  No acortamos la brecha salarial que separa a hombres y mujeres en el desempeño de una misma tarea.  No hay renta universal, ni pensión para amas de casa, porque las tareas de cuidados no generan plusvalía; son impagables así que,  “Dios se lo pague”.  Y por esto de no haber, parece que no hay vergüenza, y aceptamos  encogidos de hombros que esto es lo que hay.

Hablemos de lo que si hay. Hay dinero para salvar a los abnegados emprendedores que,  sin arriesgar nada, se apropiaron de todo. Las autopistas no son rentables, venga el dinero público. Las cajas y los bancos se derrumban como resultado del juego especulativo, venga la pasta para no comprometer su liquidez.  Las compañías energéticas se ven amenazadas (pobrecillas, cuanta zozobra) ante la emergente necesidad de la reconversión al uso de energías renovables, venga nuestro dinero, que no decaigan. Hay dinero público para pagar los salarios de los trabajadores de compañías multinacionales que entran en un expediente de regulación temporal de empleo. Y así la lista sigue, dejándonos en el camino los derechos  que conquistaron otros, que pagaron con su vida la resistencia ante la impostura del “es lo que hay”.

Una vez finalizada la reseña de estos recursos, retomemos la tarea ineludible de revisar el contenido de nuestro “sentido común”.

Sacudamos las ideas,  vamos a confrontarlas y a ponerlas en contradicción. Animémonos, no pasa nada; no se trata de ser quienes no somos, sino de rescatarnos de una lógica que nos fue impuesta y que,  tal vez,  nos arrastró a olvidar lo que realmente fuimos, nos escindió de nuestra historia y nos dejó a la intemperie.

Entonces quizá, quien sabe, nos preguntemos algunas cosas, que nos permitan asumir las contradicciones que nos son operativas, deshacernos de las que nos lastran, y persistir en  aquellas que vale la pena cabalgar.

Igual se nos da por preguntarnos sobre el sentido de arropar a nuestros nobles sanitarios batiendo palmas,  con las mismas manos que a un magnate textil, que concentra el mayor volumen de su producción fuera, para pagar salarios de miseria, eludir regulaciones medioambientales y achicar su aporte tributario en la patria que dice amar.  

Ahora sí, a retornar al espacio común que nos habilita la fase I, pero recordando de donde salimos y, por sobre todo, eligiendo hacia dónde queremos ir

 

Fake news o el rigor de los cuñados

Las fake son una forma de intervención que, sacando provecho de nuestra fascinación por las formas y los envases, adormecen nuestra percepción y nuestro sentido crítico, dejándonos huérfanos de contenido.

“No news, good  news” expresa con claridad y economía de recursos la idea de que,  la falta de noticias puede ser una excelente noticia. Máxima operativa en una realidad donde la pregunta era por la existencia o ausencia de estas, y no por su calidad.

Convertida en mantra y manida hasta el hartazgo en las redacciones de la prensa escrita, parece que hoy, la multiplicación de voces y canales requieren ensayar una nueva expresión que resuma el clima de época enrarecido por las fake news, y que bien podría ser: No news, just trash, algo así como “No hay noticia, sólo basura”.

Si bien es cierto que toda noticia es un conjunto de datos organizados en forma de relato,  donde la mirada del autor es un filtro inevitable, es ineludible la fiabilidad que estos proporcionan al contenido. Podemos cogerlos por donde queramos y hacerles cantar la letra que más se acomode a nuestra música; incluso más, con los mismos datos podríamos sostener unas conclusiones y según nuestro nivel de osadía, casi las contrarias. Pericia del analista mediante, se puede matizar el estruendo de su crudeza,   pero aún para esto hay un límite: el decoro de no violentarlos en exceso, evitando que su asfixia se lleve por delante nuestra credibilidad.

Desde el surgimiento de la autopista de la información, la multiplicación de los medios digitales y esas redes, que permiten el transporte global de la información a una velocidad de rayo, han venido a modificar antiguos paradigmas de comunicación con resultados dispares en nuestras prácticas cotidianas.

La irrupción de las redes sociales merecen especial mención en el análisis de este fenómeno, porque a partir de ellas, a la velocidad de la autopista se sumó el libre acceso de una gran variedad de voces a la escena de la producción y difusión de la información.

En ese solaz de libertad infinita de pronto todos teníamos voz, sin el filtro que imponen los medios tradicionales, determinando cuales son las voces autorizadas y a cuales les toca callar y aplaudir el espectáculo.

Ese ágora que se abría ante nosotros nos permitía, a golpe de teclado, intervenir en la producción y reproducción de acontecimientos del mundo que habitamos; podíamos incluso recortar y editar, ensayar nuevos discursos, y ponernos en liza con los productores y reproductores de saberes y poderes.

Las redes sociales iban constituyéndose en plaza, en asamblea y en el inquietante panóptico de los poderosos (y también, por qué no,  en el de la vieja que cotillea tras el visillo)

Parece ser que fue mientras pastábamos en esa  virtual y virtuosa plaza pública, cuando los constructores hegemónicos del sentido descubrieron la eficacia de envenenar la pastura.

El entusiasta hallazgo de la red como territorio de libertad, fue tornándose en pesimismo conforme se auguraba una regulación sobre el tráfico de información que por allí circulaba. Aunque finalmente la regulación no llegó como la imaginábamos en nuestras pesadillas, por aquello de que raramente nuestras pesadillas se realizan tal y como las imaginamos.

La prisa por transmitir ganó la partida a la veracidad de los datos y a la constatación de fuentes, y el ritmo de vértigo que las redes imponen proporcionó la justificación a muchos, y la coartada a los mismos de siempre, para verter mucha basura, ya fuera por ignorancia, por pereza, o por trabajo sucio hecho por encargo.

En este escenario, una silente y peligrosa consigna ha encontrado nuevamente abono para su huerto: “miente, miente, que algo queda”. Y no debe extrañarnos que en un momento de avanzada de los discursos autoritarios, sus ideas vayan enhebrando el sentido que recorre nuestras prácticas.

Debimos advertir que finalmente nosotros terminaríamos deseando una forma más elegante y legal de intervención, porque es pertinente denunciar, atreviéndome a plantear a modo de tesis que: las fake son una forma de intervención que, sacando provecho de nuestra fascinación por las formas y los envases, adormecen nuestra percepción y nuestro sentido crítico, dejándonos huérfanos de contenido.

Cierto es que revisarlo todo con lupa de editor responsable no es tarea fácilmente asumible, aunque sería de agradecer que cuando compartimos, retwiteamos o editamos,  ejerzamos responsablemente nuestro derecho a comunicar.

Esta forma de intervención, deshonesta y eficaz, es a la vez una forma de control sobre cualquier relato alternativo a la construcción dominante, por parte de quienes no renuncian a ningún espacio por controlar.

Cuando nos dimos cuenta de cómo nos estaban alborotando la plaza, el sistema de etiquetar le puso nombre al fenómeno: La Postverdad. Y como todo lo que nombramos existe, y lo que existe entra en juego, aquí estamos conviviendo con ella y combatiendo contra ella, de momento con poco éxito.

Para una vez que conquistamos un espacio que habilita formas más democráticas de construir relato y recrear los acontecimientos, hemos de reconocer que algo no hemos hecho del todo bien.

“¿En qué momento se jodió el Perú?” volvería a preguntarse un Zavala -hoy mirando absorto el derrotero de la pluma que lo parió- esta vez solito, discurriendo en la Catedral.

No hay un sólo momento, estos se van encadenando. Como en toda catástrofe, se requiere la confluencia de una suma de hechos desgraciados, que aislados serían asumibles, pero que cuando se combinan nos ponen a rezar.

Por caso la crisis sanitaria que hoy vivimos. A esta hora ya es evidente que el SARS-CoV-2 no podía provocarla solito, sin el auxilio de un sistema público de salud menguado y unos trabajadores sanitarios y de la economía de los cuidados vergonzosamente precarizados.

En esta crisis sanitaria que puso a parir a muchos, la máquina de producir mierda y venderla como primicia comenzó a operar. En esta situación de caos en el mundo real, la red no podía quedar al margen. A la falta de información se sumó la incapacidad de nuestros representantes para hablar claro y aceptar que aún no sabían de qué iba la peli.

Conforme en el mundo real avanzaban los acontecimientos, y mientras los responsables de formular políticas públicas para facilitarnos la vida se tiraban los trastos a la cabeza, la postverdad se ponía cachonda, y a la par de nuestros trabajadores sanitarios, trabajaba a destajo.  

El ruido se hizo ensordecedor, porque de eso van las fake, de meter mucho ruido en el canal y evitar que podamos entender algo. Nuestra subjetividad queda secuestrada y en este contexto, cual piezas dispuestas en fuente de horno,  estamos a punto para ser rociadas con el veneno del odio y salir a la caza de algún culpable.

Qué si la “irresponsable” marcha del  8-M fue el vector de contagio ( y de paso palo para las mujeres, que ya les estamos dando el siglo con tanto reclamo), que si los chinos, que si los ilegales, que si los aeropuertos abiertos, que si la ventaja de estar muy al oeste y la velocidad del virus; todo vale a la hora de que un cuñado, con mejores o peores intenciones,  nos explique la última fake que acaban de servirle en bandeja.

Y conste que el torticero ataque al 8-M es apenas una muestra de estas noticias envenenadas. Podríamos citar otras que vienen desde antes de ser nombradas como fakes y aupadas ante la pila bautismal como ahijadas de la postverdad.

Sus consecuencias serían menos lesivas si no cumplieran tan eficientemente la misión de configurar un sentido común colectivo, siempre tan ávido de respuestas rápidas para problemas complejos.

El lastre de lo público y la inflación del funcionariado es otro de los mitos que comenzaron hace tiempo a  construir con la argamasa del bulo: -Que tenemos más funcionarios que el resto de los países de la UE, que la mitad del déficit carga en su mochila el presupuesto en ayuda social, que los que utilizan nuestros servicios sanitarios nos dejan pariendo en las listas de espera; y así, machacando sobre los temas que llevan en agenda, con números que se inventan y que nos van mechando entre los cuarenta principales.

Sería absurdo esperar que cada vez que nos informan vayamos corriendo a los archivos estadísticos oficiales en busca de datos que se sustenten su fiabilidad, pero si alguno se avoca a la tarea, una vez dispuestos y organizados los guarismos para su correcta lectura, notará por ejemplo que nuestra ratio de funcionarios por cada cien mil habitantes es menor que lo que nos han contado. Lo cual es coherente, en tanto que los Estados del Bienestar del norte de Europa se caracterizan por una robustez de la que no gozó el nuestro ni en sus mejores horas.

Así que en lo posible, y para no envenenarnos de postverdad, huyamos del rigor de los cuñados.

Una militante en mi portal. El valor de los aplausos a las ocho

Hay quien ha cuestionado el gesto de aplaudir a las ocho de la tarde desde los balcones, incluso hay quien ha llegado a encontrar en ese momento y ese espacio una contradicción: aplaudimos en lugar de actuar, nos consolamos y creemos que consuela, desmovilizándonos. Sin embargo, los relatos de las experiencias de muchas de nosotras nos llevan a considerar que el aplauso de las ocho se ha convertido no sólo en el símbolo sino también en la ocasión de compartir con nuestros vecinos y vecinas lo que hasta ahora era la única salida que se nos permitía.

Con el gesto generalizado del aplauso a las ocho de la tarde, se han concitado el reconocimiento y el espacio compartido. El reconocimiento a todo el personal que diariamente, no desde el inicio de la crisis del COVID sino desde siempre, nos cuidan y el espacio compartido, el único que, hasta abrir los paseos de franjas horarias, teníamos.

En ese espacio se han creado y descubierto relaciones entre quienes convivíamos y se ha abierto la puerta a cambiar las costumbres de distanciamiento por apoyo mutuo en estado puro, algo que se favorece si, además, contamos con vecinas que tienen un largo recorrido en movimientos políticos.

Hablamos con una compañera, militante sindical desde mucho antes del COVID

¿Qué has hecho durante el confinamiento en tu portal?

Lo primero que he hecho ha sido colaborar con la compañera que limpia el portal. Desinfecto y colaboro en la desinfección del ascensor.

Pero además salgo a diario, hablo con mis vecinas.

Como militante, como persona concienciada con la lucha social desde antes de esta crisis ¿crees que hay algo que nos diferencia en esta experiencia en lo que se refiere a nuestra convivencia comunitaria?

Creo que nos toca llevar a cabo una tarea de difusión. Debemos desmentir el relato oficial y procurar que nuestro discurso escale frente al discurso dominante de que aquí no pasa nada. Debemos transmitir nuestra cultura, la contracultura, contribuir con contrainformación a la información imperante.

El primero de mayo, salí a mi balcón con carteles, otras veces difundo la lucha de las mujeres de Rojava o pongo información sobre Mujeres Libres; a veces suelto algún discurso o algún mitin mañanero. No como en el sindicato, o como en el Ateneo, donde todo el que va sabe a qué va, sabe qué se va a encontrar. En nuestra vida, nuestra cotidianidad más diversa, debemos seguir poniendo nuestro discurso encima de la mesa sin provocar rechazo, desde la cercanía.

militante en mi portal
Militante en mi portal

¿Y te escuchan?

Me escuchan y me aplauden.

Les canto, nos cantamos, hacemos un brindis y celebramos cumpleaños de los críos, estamos pendientes las unas de las otras. Es apoyo muto real.

El entorno en sí, marca nuestra convivencia. Vivir en un espacio cuadrado en el que nos encontramos todos desde las ventanas hace de nosotros una especie de “esquina de resistencia”, de espacio compartido.

Antes de estar encerradas en nuestras casas, nos veíamos menos, vivíamos a la carrera, conocías a quien era más cercano, a quien comparte pared contigo o patio con los niños. Ahora compartimos todas un vermú el fin de semana y he conocido gente que antes no conocía en ese patio común que nos ha facilitado las relaciones, seguramente más difíciles en pisos de grandes ciudades en las que nadie conoce a nadie.

¿Tú crees que eso tiene que ver con la situación actual?

Bueno, yo creo que esto tiene que ver con nuestra cultura de ágora pública, de historia y espacios colectivos que no logró destruir ni la dictadura franquista. No es una cuestión de militancia ni de encierro obligado roto por la necesidad, es que somos así, lo da nuestra tierra.

¿Cómo está viviendo el barrio, más allá de tu portal? ¿Lo sabes?

He salido poco, pero me he involucrado en el barrio en el que vivo y en el que vive mi madre, donde he vivido más tiempo. Allí he avisado de que, si me necesitan, nos necesitan, estamos a su disposición y mi madre ha circulado el mensaje ventana a ventana. En ciertos lugares, Leganés, Vallecas y en concreto en Zarzaquemada, ha habido muchos fallecidos por la edad del barrio. Allí donde más se ha necesitado, todos los vecinos y vecinas se han ofrecido a ayudarse. La solidaridad es algo vivido en el barrio.

¿En qué crees que podemos ayudar especialmente las personas que ya militábamos en algo?

Las personas militantes hemos destacado porque ya se nos conocía y sabíamos de redes de apoyo vecinales, conocemos los recursos y estamos en contacto con ellos antes y después de las instituciones. Llegamos donde ellos no llegan. A las personas migrantes, a quienes no tienen papeles, a quienes viven en la calle, a quienes se nos acercan porque saben que estamos y que hemos estado.

¿Has visto tú también el crecimiento de la pobreza en tan poco tiempo?

Me consta que la necesidad ha ido creciendo. Al principio la gente estaba más o menos tranquila ante la posibilidad de cobrar el ERTE pero poco a poco se van dando cuenta de que el siguiente paso puede ser peor, que igual todo acaba en un ERE.

Las personas sin contrato no han aguantado, algunos ni los primeros 15 días. Me entero incluso por los grupos de contactos del colegio de los niños.

Hay mucha gente que vive al día y que no ha podido afrontar esta situación, que resisten, pero no van a poder resistir mucho más.

Donde milito, en Villaverde, la red vecinal repartía casi desde el principio 400 comidas semanales.

Los servicios sociales no estaban, quienes estábamos éramos las redes, las farmacias que han ideado un sistema de bonos de confianza para los medicamentos, las cajas de resistencia… ahí se ha visto la militancia.

¿Cómo ves el futuro inmediato?

El futuro inmediato lo veo en septiembre, no antes. Vamos a pasar el verano como podamos, pero llegarán los despidos y posiblemente un nuevo confinamiento en octubre. No podemos desaprovechar ese tiempo, estos tres meses son vitales, van a ser vitales.

No debemos perder la ocasión de organizarnos ante un otoño que va a ser especialmente duro.

No podemos bajar la guardia.

Este verano no es tiempo de descanso.

Somos invisibles, molestos e innecesarios

El trabajo de barrendero se ha convertido en refugio, sólo tenido en cuenta en época de crisis y de pandemia. En el día a día somos invisibles, molestos e innecesarios. Aunque no nos dejen que les cuidemos, seguiremos haciéndolo.

Somos invisibles, molestos e innecesarios. Así nos ven los ciudadanos. Un día en el trabajo de un barrendero. 

Sobre las 6 de la mañana suena el maldito despertador, que me saca de un sueño corto y poco reparador, es el que me indica que la jornada de trabajo diario comienza.

Acudo a mi puesto de trabajo aún desperezándome, mascarilla puesta saludo a mis compañer@s, intercambiamos cuatro comentarios y pasamos lista.

Me asignan mi trabajo y al compañero con el que voy a pasar la jornada. Hoy toca camión de baldeo. Diego mi compañero. El sueño queda atrás y nos ponemos manos a la obra.

Comenzamos los protocolos de limpieza de las superficies de contracto con desinfectante, comprobación de herramienta de trabajo, manguera, llave, codo, está todo. Comprobación del vehículo y niveles del camión y motor auxiliar, todo correcto.

Nos dirigimos a la zona asignada. Hoy toca desinfectar con detergente las entradas de los supermercados, de las farmacias y los centros de salud.

Es primera hora y todo está cerrado, es el mejor momento, aprovechamos la ocasión.

Las 8:55h, comienzan a levantar las persianas los pocos comercios que pueden hacerlo, entre ellos nuestros objetivos. Ya hay cola en la puerta del supermercado.

Mientras mi compañero prepara la manguera, me dirijo a los ciudadanos que esperan haciendo cola. “buenos días, por favor pueden echarse a la derecha, que vamos a desinfectar la entrada al supermercado, vamos a tardar un minuto, gracias”.

Comienzan las caras de desaprobación, los comentarios “¡¡es que esto se tiene que hacer por la noche!!”, “no, si ahora nos van a fumigar”, aunque tímidamente, comienzan a desplazarse.

Bueno todo preparado, le doy agua a mi compañero, que comienza a mojar la acera, los ciudadanos comprenden que si no se apartan se van a mojar, la brisa del agua que estamos echando así se lo confirma.

Veo que sube una persona andando por la acera en dirección al chorro, salgo corriendo hacia ella, “Perdone, perdone, espere un segundo que ya casi hemos terminado”, hace oídos sordos y se dirige hacia mi compañero, que tiene que apartar el chorro abruptamente para que pase el ciudadano que le dice “gracias compañero”, a lo que Diego le contesta, “si fueras mi compañero me habrías dejado terminar mi trabajo”. No lo comprenden, es por ell@s por los que hacemos este trabajo.

barrendero baldeando
Limpieza y desinfección

Las 9:00h abre el supermercado. Los ciudadanos corren a entrar, no se puede colar nadie, soy el primero. “Corta Joaquín, ya no se puede”, termina nuestro trabajo aquí. No nos dejan que les cuidemos.

Recogemos manguera y al siguiente punto, una farmacia.

Misma operación, todo preparado, los ciudadanos a un lado a regañadientes y empezamos.

Los ciudadanos pisan el suelo con recelo, no se quieren mojar los pies. “Caballero pise el detergente, así no se lleva el bicho a casa”, una mirada de desaprobación es suficiente para no continuar hablando.

Bueno en esta ocasión todo ha ido mejor, les damos las gracias a tod@s, como en todos los puntos que hacemos.

Recibimos un gracias espontaneo, que hace sentirnos bien, nos hace sentir que lo que hacemos se nos reconoce.

La farmacéutica sale y nos regala una mascarilla para cada uno. Ellos saben que les estamos cuidando, como ell@s mism@s cuidan desde sus farmacias. Nos disculpamos con ella, “perdona, que te hemos puesto los cristales perdidos”, a lo que contesta “no os preocupéis, lo importante es el trabajo que hacéis”.

Nos aplaudimos mutuamente y continuamos.

Muchos supermercados, muchas farmacias, varios centros de salud, unos cuarenta puntos de limpieza en total en seis horas. Nos vamos a casa con la sensación del deber cumplido, aunque a medias. No llegamos a comprender por qué no nos dejan los ciudadanos que les cuidemos. Bueno un poco sí, porque somos invisibles, molestos e innecesarios.

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