La vuelta al cole después de (y durante) la pandemia, ¿Cómo lo hemos vivido los padres de los más pequeños?

Desde que era muy pequeña cada vuelta al cole me olía a todo lo que comienza, me sabía a la añorada rutina y me sabía a hogar. Cada Septiembre se oía como un rumor de lo que viene. Veía amarillo cada Octubre, un amarillo tan cálido que reconfortaba, y cuando tocaba Noviembre, era suave.

Sin embargo, esta vuelta al cole la he sentido rara, porque ha traído el otoño de un año raro, de un año que se paró durante un tiempo y que no ha sido fácil de poner en marcha.

Ha tocado volver, pero, ¿volver a dónde?, es difícil volver a lo que todavía no se conoce. Y aún con todas, las cosas han comenzado, con todo el vértigo que da que se comiencen sin saber muy bien cómo…

la revuelta al cole
Cuando volver revuelve

Creo que así se sintió Mateo también. Mateo tiene 23 meses y el mes pasado volvió al cole, pero ya no se acordaba de cómo era el cole y ni siquiera importaba, porque el cole que dejó hace seis meses con las prisas propias de una pandemia mundial, no es el mismo cole al que le hicimos volver. Recuerdo el primer día de este curso en el que le dejé con su profesora: se cierra la puerta y Mateo llora, Martina llora, Unai llora, Carlota llora y Dani que no lloraba, llora también porque siente que algo pasa. Su clase se queda llena de niños y llena de llantos. Y el corazón de los papis y mamis que quedamos tras la puerta, un poquito más vacío. Todos nos habíamos acostumbrado a estar mucho tiempo juntos, y separarse de nuevo duele.

Y más dolió cuando volvíamos a una nueva normalidad con reencuentros sin abrazos, en la que cambiamos los besos por codos, los corrillos por filas y los saludos por termómetros. Este curso lo hemos empezado sin listas que cumplir para llenar las mochilas, sin horarios, y sin ningún plan que pudiéramos recordar de años anteriores. Por no haber, no ha habido ni anuncios de la vuelta al cole. Y, sin embargo, aquí seguimos.

Este otoño se me antojó agridulce. Sé que detrás de esa puerta, en ese pequeño espacio burbuja mi hijo va a jugar, besar, tocar, chupar y abrazar todo lo que pueda, imposible no hacerlo. También sé que tiene sus riesgos y a ratos el miedo me llena de culpabilidad por no poder protegerle más del COVID, imposible no sentirlo. Y también sé que como niño necesita hacer todo eso, para crecer, estimularse y aprender, y como ser humano también, para relacionarse con los demás, para aprender a solucionar conflictos, para dar cariño y recibirlo, imposible no reconocerlo.

Un mes después de ese comienzo, cuando seguimos navegando en una rutina extraña en la que nadie planificó nada, reflexiono y pienso que a mí me gustaría que Mateo pudiera sentir cada vuelta al cole como yo las sentía, que pueda llegar el momento en el que recordando vuelva a saborearlos, a olerlos y a verlos en su memoria como yo recuerdo los míos. Que no nos distanciemos todos más de lo necesario. Que dos metros sean suficientes para parar al virus, pero que nuestra red se mantenga fuerte y unida. Y que nuestros niños lo aprendan y no lo olviden.