En términos de acción colectiva la lógica neoliberal es un “quédate en casa”.  Su propuesta anti-política son las soluciones “delivery”, aquellas a medida para cada individuo entregadas en el lugar de consumo.

En 1965 ve la luz una de las obras más rigurosas en términos de análisis social con ajuste al método científico: La lógica de la acción colectiva.

El mundialmente reconocido Mancur Lloyd Olson, economista estadounidense doctorado en Harvard, Profesor de economía de la Universidad de Maryland, quien sería luego candidato a premio Nobel de economía, arriesga una hipótesis interesante que será uno de los puentes más solidos entre la teoría económica y la reflexión sobre los comportamientos en las ciencias políticas.

Dada la necesidad de concisión en este artículo, no exenta de simplificación, la idea venía a advertirnos sobre las dificultades de los grupos humanos para emprender acciones colectivas.   

acción colectiva
Acción Colectiva

 

Su tesis adjudica una absoluta relevancia al tamaño de los grupos para la efectividad, en términos de rendimientos, de la acción colectiva.

Olson comprueba que el nivel de interacción de los grupos pequeños es mucho mayor que el de los grupos grandes, dado que en estos últimos resulta imposible, en términos prácticos, establecer relaciones con todos los miembros del grupo a partir de un número considerable; por tanto, en pequeños grupos, “al poner en marcha una acción, si uno no participa, rápidamente recibirá una respuesta por parte del resto de individuos. Sin embargo, a mayor dimensión del grupo es fácil que un gorrón pase inadvertido, ya que el esfuerzo que no aporta se reparte entre todos, representando una cantidad menor de trabajo adicional para cada individuo, cuanto mayor sea el grupo”.  

Su análisis ayuda comprender la participación social en las actuales sociedades de masas, y es muy operativa la popular figura del gorrón, polizón o “free-rider” que utiliza para caracterizar a aquel que disfruta de los beneficios de una acción colectiva sin haber participado en ella.

A esta cuestión, el autor propone como una posible solución -atendible en aquel contexto de mediados de los sesenta, de alta interpelación a la participación y ebullición política en las sociedades occidentales- estimular la motivación individual con incentivo selectivo o premio por la pertenencia a un grupo. Valga para ejemplo las instituciones corporativas, sindicatos, colegios profesionales, etc.

Este análisis del comportamiento individual en el contexto de la acción colectiva, aún por brillante y riguroso, no es una ley universal observable en cualquier cultura humana. Sin embargo, es la seña de identidad más definitiva de nuestra cultura moderna, y sobre todo post.

El canon de la eficiencia, entendida como el menor gasto de recursos para la obtención de un objetivo, es la máxima que impregna toda la actividad humana de nuestro occidente rico y desigual.

El neoliberalismo ha tirado de esta lógica hasta el paroxismo, por tanto, toda crítica a nuestra ética debiera comenzar por un reconocimiento de cuan atravesados estamos por esta lógica, aún cuando reneguemos de ella.

Si el paradigma cultural que habitamos y que nos habita, del que hablamos y por el cual somos hablados, ha triunfado y lo impregnado todo, esto no ha sido sin nuestra conformidad y consentimiento.

En términos de acción colectiva la lógica neoliberal es un “quédate en casa”.  Su propuesta anti-política son las soluciones “delivery”, aquellas a medida para cada individuo entregadas en el lugar de consumo.

La polis ateniense, aun con las limitaciones de una protodemocracia, era el ámbito del ciudadano, entendido este como un sujeto con participación activa en la vida social, política y económica de su sociedad, a la cual se debía con el compromiso de estar informado de todo lo que allí sucedía, debiendo aportar ideas y promover cambios para administrar lo común.

El proletariado, sujeto emergente de la primera y segunda revolución industrial, carente de capacidad de presión si comparece aislado frente al empresario, comprende que sólo podrá conquistar algún derecho mediante la acción colectiva organizada, convirtiendo la asociación en su estrategia.

Los nuevos consensos de postguerra en su planteamiento de un nuevo orden traerán una fuerte intervención estatal en las relaciones entre el capital y el trabajo.

Los Estados de Bienestar, además de enmendar los “desajustes” del mercado, vendrán a ampliar el concepto de ciudadanía, estableciendo unos pilares que constituirán un piso de derechos sociales que, visto su franco retroceso, podemos caracterizar sin temor a exceso de “revolucionarios”.

Las tres últimas décadas del pasado siglo reaccionarán (en sentido amplio y estricto) a este derrotero proponiendo la receta del paradigma neoliberal. En su lenta albañilería, y en su correlato cultural postmoderno, donde la idea clave es la de-construción, los pilares del bienestar comienzan a socavarse desde sus cimientos.

En esta breve e incompleta reseña, llegamos a nuestros días con muchas pérdidas en materia de derechos, obtenidos en batallas que libraron otros, con un amplio campo popular en el cual la categoría del trabajo ya no es el gran eje vertebrador.

Más consumidores que ciudadanos, más espectadores que sujetos, reaccionamos espasmódicamente para volver nuevamente a la lógica que nos trajo a este estado de cosas.

Pero de algo debemos estar seguros, este estado de cosas no permanecerá; el “virgencita que me quede como estoy” no aplica en estas.  O avanzamos nosotros o siguen avanzando ellos.

En la lógica de la acción colectiva, las elites (grupos pequeños) han confirmado la tesis de Olson: nos han impuesto su agenda a las grandes mayorías (grupos extensos, caldo para los gorrones).

A veces, el asomarnos a otras culturas nos cunde más que siglos de teorización política. Para muestra, un milenario adagio budista, que responde a la pregunta por el sujeto y la oportunidad: Si no yo ¿quién?, si no ahora ¿Cuándo?

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