Días antes del primer estado de alarma, no sabíamos que el Covid-19 cambiaría radicalmente nuestras vidas. Tampoco sabíamos que pronto nos íbamos a olvidar de lo que ocurrió…

Unos pocos días antes del anuncio del primer estado de alarma, los rumores campaban a sus anchas por las calles del país, nos llegaban mensajes que alarmaban sobre un peligro inminente y otros que nos animaban a combatir el nuevo virus con calditos calientes. La rumorología hizo de las suyas, ayudada por los medios de comunicación, que contaban la película según los intereses de cada patrocinador, por las redes sociales y por la velocidad de transmisión de información que a día de hoy sabemos que es mucho más rápida que la del propio Covid-19.

Habíamos visto las noticias que desde hacía meses llegaban desde China, pero no eran nuestros enfermos, ni nuestros muertos. China estaba lejos y esas son cosas que no nos pasan a nosotros… El virus llegó a Italia, y aunque con una mirada más cariñosa, porque al fin y al cabo los italianos “se parecen mucho a nosotros”, y todo hay que decirlo, están más cerca, seguíamos viéndolo como algo lejano. Alguien que tenía familia allí nos contaba cosas que seguramente no pasarían aquí. No había razones por las que preocuparse, hasta que las hubo.

El 15 de marzo se decretó el estado de alarma, dos días antes el presidente se dirigió a los ciudadanos con un mensaje que nos paralizó a todos y que lo cambió todo. Corrimos a la compra a por paquetes de pasta y rollos de papel higiénico suficientes para sobrevivir dos años, porque nuestro estado del bienestar se tambaleaba y habíamos pasado de tener problemas del primer mundo a sufrir una pandemia mundial, y todo había llegado de manera inesperada… no fueron los inmigrantes los que nos trajeron el virus, no teníamos que tener miedo a lo que nos habían repetido constantemente, el virus había llegado de Europa y había entrado con un billete de
avión pagado y no en una patera. El coronavirus entró de forma legal y había llegado para quedarse.

Y en ese preciso instante la maquinaria mediática se puso a trabajar, había que pasar de mantener al pueblo contento: “panem e circenses” a retenerlo atento, porque el pan iba a empezar a faltar y nadie iba a tener estómago para circos. En resumen, había que transformar la sociedad del espectáculo en un lugar al que temer. Y nosotros nos sentamos calladitos delante de la televisión (algo que ya teníamos aprendido, pero eso sí, cada cual, en su canal, no fueran a envenenarnos con otras ideologías), a escuchar discursos, a memorizar cifras, y, por qué no, a aprender ya que estábamos, nociones de medicina, biología, enfermería, epidemiología y todo lo que esa cajita mágica pudiera enseñarnos. Habían conseguido captar nuestra atención.

Nos hablaron de la curva epidemiológica y de por qué era importante frenarla, y en este punto, nuestra atención era máxima. Era importante no colapsar el sistema sanitario ya que, si enfermábamos todos a la vez, no habría recursos para atendernos a todos. No entendimos por qué la sanidad podía colapsar, al fin y al cabo, teníamos a los mejores profesionales sanitarios a nivel mundial, ¿qué pasaba entonces con los recursos?, ¿dónde estaban? Solo hacía falta echar la vista atrás para recordar que años antes nuestra sanidad nos había pedido ayuda y se echó a las calles reclamando derechos y diciendo No a unos recortes que mermarían nuestros recursos. La Marea Blanca reclamaba que se garantizara una Sanidad pública, gratuita y universal, pero nosotros por aquel entonces, estábamos también sentados delante de la televisión, viendo, desde una distancia prudencial, como otros luchaban por nuestros intereses. Los recortes se produjeron y nuestra sanidad mermó. Hoy teníamos menos recursos y el peligro era real: había que quedarse en casa.

La curva de la memoria
La curva de la memoria

Rápidamente nos organizamos, nos whatsapeamos, nos videollamamos y nos retwitteamos, teníamos que cumplir y la responsabilidad era nuestra #quedateencasa #yomequedoencasa #quedateentuputacasa, y algún que otro mensaje positivo, #todovaasalirbien. Necesitábamos no colapsar y bajar la cifra de muertos diarios que día tras día, hora tras hora, y si me apuras, casi minuto a minuto, se nos narraba en los informativos. Teníamos que salvar a nuestros mayores de un triaje que, por falta de medios, no iba a ser amable con ellos. Había que bajar, como fuera, la tasa de contagio. Y había también, que agradecer a los trabajadores sanitarios su esfuerzo y desde nuestros balcones o ventanas (porque no hay que olvidar que hay quienes han pasado su confinamiento sin un balcón al que poder asomarse) salíamos cada día puntuales a las 20:00h a aplaudirles. Y así lo hicimos, porque cuando queremos, a humanos no nos gana nadie.

Durante las siguientes semanas hicimos vida en cuarentena, cuidando desde la distancia y como supimos hacerlo, de los seres queridos que no teníamos en casa y de los familiares que enfermaban y no podíamos visitar. Pero también creamos redes para cuidar a quienes no eran familia: en las comunidades de vecinos, por ejemplo, se podían ver carteles ofreciéndose a ayudar a vecinos mayores que lo necesitaran, o a hacer la compra a quien no pudiera. Se multiplicaban las iniciativas para entretener online a nuestros pequeños y a los no tan pequeños y empezamos a bucear en una rutina que alternaba el teletrabajo, con la lectura del BOE, las clases de pilates online, los retos con papel higiénico, las iniciativas solidarias, los conciertos a través de directos de Instagram, las manualidades para niños que nos mandaban desde los colegios y como no, con el ineludible aplauso sanitario de las 20:00h. Durante esas semanas vivimos cada uno en su casa, pero más conectados que nunca. Fuimos solidarios, empáticos, generosos y ecologistas como no lo habíamos sido jamás, al fin y al cabo, descubrimos que nosotros éramos el virus para el planeta. Y empezamos a pensar que la pandemia nos había convertido en mejores personas.

Seguían pasando los días, #día15, #día23, #día38, #día42… nuestra atención comenzó a aplanarse paralelamente a como lo hacía la curva de contagio… Y justo ese día 42 liberaron a nuestros niños: pudieron pasear acompañados de un adulto con horario y tiempo limitado. Algo había cambiado y nosotros, como las nuevas mejores personas que éramos, teníamos la oportunidad de demostrar nuestra responsabilidad civil para con el resto. Pero las noticias, algo menos incesantes, que nos llegaban de los medios eran alentadoras, las cifras bajaban tímidamente y podíamos entonces relajar nuestro interés en la pandemia, podíamos empezar a reclamar nuestros derechos pidiendo más libertad. Queríamos salir de casa, como habían dejado a los niños.

Una semana más tarde salimos, por grupos de edades, con horario y distancia de seguridad, sin mezclar a nuestros peligrosos menores con nuestros delicados mayores. Paseamos, o más bien deambulamos, por los no-lugares de nuestras ciudades descubriendo que nuestro espacio público no era ni tan público, ni tan espacioso como para que cupiéramos todos. Aun así, estábamos más relajados, porque, y esto ya nos empezaba a sonar de oídas, cada día había menos fallecidos, aunque ya no sabríamos afirmar exactamente cuántos, y es que ya no veíamos tanto la tele, nuestro interés por la pandemia se reducía a la vez que bajábamos el volumen de los telediarios. Por fin éramos libres, aunque solo fuera un ratito, y teníamos que aprovechar, ¿qué podía salir mal? Solo había que centrarse en tener sentido común, ese que en realidad no es ni común ni colectivo, ese que cada uno tiene el suyo, como decía Groucho Marx de los principios. Total, ¿qué va a pasar si quedo con unos amigos para salir a correr?, ¿y si de camino al súper paso, pero un ratito solo, a casa de mis padres?, ¿y si nos juntamos un grupo de madres para que los peques jueguen juntos y desfoguen?, ¿y si…?, ¿y si…? Seguro que no va a pasar nada. Tampoco pasa nada si ahora no salimos a aplaudir siempre, ¿no? Se hará cuando se pueda porque a las 20:00h ahora empieza justo nuestro paseo…

Oíamos que la situación seguía mejorando, pero ya ni siquiera podíamos prestar atención, aunque quisiéramos, a lo que estaba ocurriendo en los hospitales. La información al respecto empezaba a llegar sesgada y se mezclaba con muchas más noticias de índole político y económico. Los medios, y los propios políticos, echaban leña al fuego e invitaban a posicionarse ante un enemigo que pintaban como cada vez menos común. Nuestra realidad había vuelto a cambiar, (demasiados cambios en pocos, pero largos días), y como la cosa mejoraba había que desescalar, ese era el plan y no había otro, la economía necesitaba regenerarse o tendríamos que alimentarnos solo de circo en un futuro. Teníamos que volver a nuestros trabajos y el mundo de ahí fuera poco había cambiado salvo por un nuevo complemento que nos adornaba a todos: las mascarillas. El mundo seguía girando igual de rápido que antes del encierro. No se habían congelado las prisas ni se habían dilatado los tiempos. No cabían ya todas esas cosas que hacíamos en casa, salvo alguna clase online, la tele y el BOE, por si las multas. No cabían ya los aplausos, porque además salíamos ya muy pocos a hacerlo, y ya no hay colapso y en la tele dicen que vuelve a haber recursos para todos… Poco a poco iba cobrando más fuerza la idea de que el enemigo era el de enfrente en
vez del propio virus, y unos cuantos, alentados por sus líderes, salieron a reclamar lo suyo, olvidándose de que es distinto pedir que se mantengan los privilegios que luchar por los derechos. Disfrazados, literalmente, de patria, de la de todos, hacían sonar sus cacerolas para pedir lo que desde cuna era suyo. No habíamos oído antes esas cacerolas en ninguna calle, no salieron antes para luchar por lo público ni para unirse al ruido que hicieron las mareas, ni para apoyar a nuestras mujeres. Sonaban solo por ellos, porque el bien común, una vez uno a salvo, había vuelto a dejar de importar. Sonaban remplazando a los aplausos que poco a poco habíamos dejado de hacer sonar todos. Nosotros ya no éramos todos como habíamos sido durante la pandemia, nosotros ahora volvíamos a ser nosotros y ellos volvían a ser ellos.

Pero lo cierto, es que tenemos una memoria demasiado frágil y que hace apenas dos meses nos estábamos aferrando todos a nuestros sanitarios como quien se agarra desesperado para no caer por un precipicio. No olvidemos que han sido ellos con su trabajo los que nos han salvado del desastre, a pesar de contar con los medios limitados, a pesar de tener que arriesgar sus vidas, e incluso alguno dejándosela por el camino. No olvidemos que hay que seguir aplaudiendo su esfuerzo y dedicación al curar, sanar, calmar y acompañar a nuestros enfermos. Ni de que, además de aplausos, necesitan acciones para mejorar sus condiciones laborales, que aun hoy, después de haber recibido la medalla pública de héroes, siguen siendo precarias. No nos olvidemos tan rápido, por favor, de que durante semanas hemos sido buenas personas, ni de que podemos seguir siéndolo. Ni de que el sentido común a la hora de volver a la nueva normalidad es lo único que impedirá que los trabajadores de la sanidad se la tengan que volver a jugar por todos. Por favor, no nos olvidemos, como olvidamos el Prestige, la guerra de Irak, los ERES en Andalucía y las tramas de corrupción. Por favor, mantened vuestra atención y recordad siempre, que todo esto sí ocurrió. Y aplaudid muy fuerte, TODOS.