La ciudad, atacada por la deshumanización y el auge del turismo, se reorganiza en los barrios; máquinas de coser de vecinas y migrantes, magos, música y abrazos de balcón son el pueblo que todos los días salva al pueblo del impuesto aislamiento.

Sólo el pueblo salva al pueblo. Esta conocida frase, que parece que no dice nada, lo dice todo y es, hoy, la fiel imagen de nuestra realidad cotidiana.

Mientras los poderes públicos han proclamado ayudas que no llegan y nos han tratado de confundir con su lenguaje y su imaginería militarista, se ha permitido que los intereses económicos primen sobre la supervivencia. Con la excusa-razón de garantizar la salud pública, se prohíben manifestaciones de protesta o se sanciona a quien se niega a ir a trabajar sin los equipos de protección necesarios, y en la misma escena los gobernantes se dan baños de multitudes para hacerse la foto y sacar rentabilidad de cualquier situación, también de esta. Sin embargo, trabajadores y trabajadoras de todos los sectores se plantan ante la puerta a negarse a ponerse en peligro ellos y los suyos. Cierran fábricas por la presión de quienes realmente tienen el poder: nosotras, esas trabajadoras reconvertidas en heroínas por una suerte del destino.

El encierro, lejos de deshumanizarnos y alejarnos de los demás, ha tenido una dimensión esperadamente alentadora. Personas que no habían tenido ninguna relación entre sí antes de esta pandemia, se han ofrecido a ayudar a otras, no desde posiciones asistencialistas sino por pura lógica de ayuda y apoyo mutuo. Otra frase y concepto que, desgraciadamente desconocidos por la mayoría, son rasgo definitorio de nuestra sociedad y de nuestra historia, plagada de gestos, actitudes y organizaciones basadas en eso: la ayuda, el apoyo entre iguales, libremente decidido con todas sus consecuencias.

En estos días de confinamiento hemos sabido de farmacias que se han ofrecido a ayudar a quienes saben que están en peores situaciones, fuera del cómputo oficial y por tanto fuera de las ayudas que las instituciones pudieran hacerles llegar. Bancos de alimentos como el del Sindicato de Metro de Solidaridad Obrera, que ha recaudado miles de euros para hacer llegar bienes de primera necesidad a personas en paro. Vecinas que han llevado su militancia al barrio organizando su bloque como un centro autogestionario de encuentro en el que cada noche, si alguien falta a los aplausos, se preocupan y contactan para cerciorarse de que el vecino o la vecina están bien.

Barrios que han sufrido especialmente la acometida de la subida de precios debida a la desaparición del espacio vivido fruto de la especulación turística e inmobiliaria, como el barrio de Lavapiés, han sido “recuperados” por los vecinos que aún quedan. Y menos mal.

En estos años hemos asistido al espectáculo de la deshumanización de los centros de las ciudades convertidos en escaparates para visitantes ocasionales que, de no haber sido claramente combatidos por quienes sí viven en ellos, habrían generado espacios vacíos hoy carentes de quienes se preocupan por sus compañeros de balcón.

Gracias a luchas como la de Argumosa o la del colectivo Lavapiés dónde vas, hoy podemos ver imágenes de intercambio de bailes, música, abrazos desde los balcones y de compartición de unos minutos que nos brinda esa iniciativa de aplaudir todos los días a la misma hora a quienes nos cuidan cuando enfermamos pero también a quienes nos cuidan al limpiar las calles, al llevarnos en los medios de transporte, a quienes nos están preguntando pared con pared, si seguimos bien, física y emocionalmente.

calles de Madrid
Calles de Lavapies de Madrid

Manteros y migrantes usualmente perseguidos por las instituciones, mirados de reojo por una sociedad corta de miras, han puesto a disposición de sus vecinos todo su tiempo, sus conocimientos, su maquinaria de confeccionar mascarillas cuando más se necesitan, como lo hacen las madres de Vallecas, los sastres de Lavapiés y casi todo el que tiene una máquina de coser en casa. Repartimos lo que necesitan nuestros vecinos, amigos, familiares, compañeros de trabajo con lo que tenemos; tiempo y muchas ganas de colaborar, sin precio ni intercambio.

Los portales se han llenado de dibujos y ofertas de ayuda sin pudor. Años peleando por la discreción, con la desconfianza de no querer que nadie sepa quien eres, dónde estás, lo que haces, han desaparecido en un minuto y se han roto las barreras. Vecinos que ponen su nombre, su teléfono móvil, su tiempo, a disposición de otros vecinos mayores, con más dificultades, que trabajan en la sanidad y carecen de ese tiempo para hacer cosas que hasta ahora habíamos considerado normales, ir a la compra, a la farmacia…

¿Porqué hoy no saliste al balcón? ¿Estabas malo? Nos preocupaste. Nunca antes habíamos vivido algo igual.

¿O sí?

La historia de los movimientos sociales en nuestro país y en nuestras ciudades viene de lejos. De forma más o menos natural, nos hemos organizado para combatir la obligada mili y su secuela la prestación social sustitutoria, nos hemos organizado para ocupar edificios inertes en ciudades donde el espacio era impagable, nos hemos organizado en el barrio en colectivos de jóvenes que buscaban formas alternativas a las basadas en el consumo sin medida para disfrutar de la vida y practicar el sueño de otra forma distinta de ser y relacionarse. Nos hemos organizado en bancos de tiempo, tan necesarios hoy, para ayudarnos en los cuidados, nos hemos organizado en el combate contra el fascismo, imperante siempre en esta España que no ha dejado de ser guerracivilista, para combatir el racismo en una España que sólo existe por convivencia de religiones y procedencias diferentes. Nos hemos organizado para protestar de forma colectiva contra el empeoramiento progresivo de nuestras condiciones laborales y sociales, desde hace siglos. Barrios despiertos, huertos urbanos, asociaciones por la defensa del medio ambiente, sindicatos combativos contra la precarización del trabajo y la destrucción de lo público; redes de apoyo y mareas de diferentes colores han poblado nuestras calles desde mucho antes de la primera crisis con la que se inició este siglo XXI.

Viene de lejos la lucha contra la privatización de la sanidad, necesaria hoy y necesaria siempre.

Viene de lejos la denuncia contra la privatización del mercado laboral, porque llaman mercado a quienes somos objeto de mercado, los trabajadores y trabajadoras, que comenzó mucho antes y que tuvo en la lucha contra las empresas de trabajo temporal, allá por los 90, un punto de inflexión. Copiamos el modelo anglosajón y aquí hemos llegado:oficinas de empleo que no ofrecieron nunca empleo, sino que gestionaron el desempleo, si acaso, y hoy los temidos ER(T)ES.

Contra todo esto hemos luchado a título personal y colectivo, y seguimos luchando hoy desde nuestras casas, nuestros bloques, nuestros balcones y desde nuestras organizaciones y nuestros colectivos puestos aún más en valor en estos días de claroscuros. Seguiremos luchando por el pan, porque nosotras somos las rosas

manteros cosiendo mascarillas
Manteros haciendo mascarillas

VECINOS, VECINAS, SEGUID BUSCANDO Y ALIMENTANDO ESOS ESPACIOS DE COLABORACIÓN Y PARTICIPACIÓN DESPUÉS DEL ENCIERRO, NO DEJEMOS QUE DESAPAREZCA TODO LO LOGRADO.

MILITANTES, ORGANIZACIONES, BUSQUEMOS LA FORMA DE COMPARTIR EXPERIENCIAS Y SUMAR.

ACERCAOS A @aplausosporlasanidad, OS NECESITAMOS.

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Los aplausos nos animan, la sanidad se defiende luchando con acciones