Conviene recordar aquí, que el neoliberalismo es mucho más que un modo de organización de la actividad económica; es ante todo, y por sobre todo,  un dispositivo cultural que invade todas las áreas de nuestra subjetividad

Antes de abordar con un exceso de entusiasmo la denominada fase I del desconfinamiento, parece pertinente mantener la atención en algunas cuestiones.  No vaya a ser que  la reapertura de tiendas y la flexibilización del cepo nos devuelva a la vorágine en la que vivíamos, y volvamos a caer en el perezoso hábito de pensar nuestra realidad con la profundidad que permite la extensión de un tweet.

Estaría bien que,  entre todos los trastos viejos que durante esta cuarentena hemos desechado, nos entregásemos a la tarea de  desempolvar nuestro “sentido común” y ver si vamos a quedarnos con todas las ideas desorganizadas que lo habitan,  y que nos habitan, o si por fin vamos a intentar poner orden, establecer conexiones, rescatar viejos saberes, y dejar entrar lo nuevo.

La COVID-19 se nos reveló monstruosamente agresiva, y así nos mantuvo aterrados un tiempo.  En cuanto la intensidad del miedo comenzó a ceder,  han salido a advertirnos sobre la segura llegada de una “segunda ola”,  que mientras no encuentren la vacuna, y un número suficiente de la peña haya desarrollado defensas como resultados del tránsito por la infección (que ya veremos si acaso es eso posible!), no lograremos la tan ansiada como  discutida “inmunidad del rebaño”,  ese cortafuegos que nos protegería a todos como resultado de la combinación de ambos milagros, el de los recuperados y el de los vacunados.

A lo mejor, mientras vencemos la inercia física que permite esta nueva fase, cabría estar atentos a  otros peligros que nos acechan, y dar repaso a otras pestes que padecemos hace tiempo, y que nos mantienen confinados, aún cuando nos permitan circular.

La madre de todas las pandemias bien podría ser la desigualdad, por su transversalidad que no perdona colectivos,  atravesando los binomios: hombre/mujer, trabajadores fijos/temporales (precarizados todos y cada uno de ellos) ciudadanos/migrantes, etc..

Nortes y sures que ya no se excluyen,  porque en la aldea global cada norte tiene su sur dentro. Aunque por su  persistencia en el tiempo, y la por fragmentación que produce en el territorio, podríamos definir a la desigualdad más como  endemia que como pandemia.

¿Cómo fue posible -nos preguntábamos en estos días- que estuviéramos viviendo sin red (en toda la variedad polisémica en que se despliega el término)

Tal vez fue posible, por que unos muchos pensaban que los que estaban sin red, si bien eran muchos, eran “otros” (los migrantes, las prostitutas, los mena´s, los ilegales, nuestros viejos con sus menguadas pensiones, los temporeros. En fin, otros) y el coronavirus, con su inquietante velocidad de propagación y sus metáforas, nos vino a sacudir la palmera.

Fue posible tal vez, porque el sistema de vida que nos hemos dado, y el paradigma económico que lo promueve,  nos ha dejado sin herramientas. Conviene recordar aquí,  que el neoliberalismo es mucho más que un modo de organización de la actividad económica; es ante todo, y por sobre todo,  un dispositivo cultural que invade todas las áreas de nuestra subjetividad, impregnando todo con su lógica y convirtiéndolo todo en mercancía: los vínculos, los placeres, nuestra relación con el cuerpo, el empleo del tiempo, nuestra forma de amar y de estar en el mundo.

Es una ética y una estética super eficiente a la hora de producir sentido, por lo que nos amarra desde una subjetividad que define como “sentido común”.  De no ser así, sería imposible pensar la impostura en la que vivimos, y como vamos naturalizando aquello que debiera sacarnos los colores.

fase I apertura hostelería
Fase I:

“Es lo que hay”, he aquí  para muestra un botón.  Una perlita del discurso que nos captura y nos habla (porque nos aliena de nuestra singularidad, e incluso de nuestro destino común, y somos hablados por esa lógica perversa constructora de sentido).  Esta expresión, por cotidiana, nada tiene de inocente. ¿Os imagináis a los seguidores de Robespierre al interior del movimiento Jacobino, aceptando las tesis de los que sostenían que había que detener la revolución para no exasperar a las monarquías  del entorno y convenir los términos de la continuidad del Régimen, bajo el maquillaje de un orden constitucional? Pensad por un instante al ala más radicalizada del movimiento sufragista británico asumir el argumentario de las moderadas,  que pretendían seguir esperando por el voto femenino luego de sesenta años de infructuosa lucha.

El “Es lo que hay”, que no niego que en algún limitado contexto pueda funcionar como aceptación de las herramientas con que se cuenta para producir cambios, sugiere más bien un ámbito de maniobra limitado, nos advierte de un inútil combate que perderemos antes de intentarlo.

Llevémoslo al microscopio semántico, y ensayemos una suerte de deconstrucción . Vamos allá:

No hay EPI´s.  No hay solución habitacional para las mujeres víctimas de violencia de género de los sectores populares.  No hay un parque suficiente de viviendas de alquiler social para intervenir el mercado a la baja, y de paso asegurar a todos la dignidad de dormir a cobijo como derecho inalienable por el mero hecho de existir.  No hay mascarillas.  No hay test.  No hay contratos indefinidos, ni certeza para los trabajadores en régimen de interinidad.  No hay respiradores suficientes. No hay un sólo pilar del Estado del Bienestar que subsista a la lógica del recorte y las políticas de austeridad.  No acortamos la brecha salarial que separa a hombres y mujeres en el desempeño de una misma tarea.  No hay renta universal, ni pensión para amas de casa, porque las tareas de cuidados no generan plusvalía; son impagables así que,  “Dios se lo pague”.  Y por esto de no haber, parece que no hay vergüenza, y aceptamos  encogidos de hombros que esto es lo que hay.

Hablemos de lo que si hay. Hay dinero para salvar a los abnegados emprendedores que,  sin arriesgar nada, se apropiaron de todo. Las autopistas no son rentables, venga el dinero público. Las cajas y los bancos se derrumban como resultado del juego especulativo, venga la pasta para no comprometer su liquidez.  Las compañías energéticas se ven amenazadas (pobrecillas, cuanta zozobra) ante la emergente necesidad de la reconversión al uso de energías renovables, venga nuestro dinero, que no decaigan. Hay dinero público para pagar los salarios de los trabajadores de compañías multinacionales que entran en un expediente de regulación temporal de empleo. Y así la lista sigue, dejándonos en el camino los derechos  que conquistaron otros, que pagaron con su vida la resistencia ante la impostura del “es lo que hay”.

Una vez finalizada la reseña de estos recursos, retomemos la tarea ineludible de revisar el contenido de nuestro “sentido común”.

Sacudamos las ideas,  vamos a confrontarlas y a ponerlas en contradicción. Animémonos, no pasa nada; no se trata de ser quienes no somos, sino de rescatarnos de una lógica que nos fue impuesta y que,  tal vez,  nos arrastró a olvidar lo que realmente fuimos, nos escindió de nuestra historia y nos dejó a la intemperie.

Entonces quizá, quien sabe, nos preguntemos algunas cosas, que nos permitan asumir las contradicciones que nos son operativas, deshacernos de las que nos lastran, y persistir en  aquellas que vale la pena cabalgar.

Igual se nos da por preguntarnos sobre el sentido de arropar a nuestros nobles sanitarios batiendo palmas,  con las mismas manos que a un magnate textil, que concentra el mayor volumen de su producción fuera, para pagar salarios de miseria, eludir regulaciones medioambientales y achicar su aporte tributario en la patria que dice amar.  

Ahora sí, a retornar al espacio común que nos habilita la fase I, pero recordando de donde salimos y, por sobre todo, eligiendo hacia dónde queremos ir

 

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Los aplausos nos animan, la sanidad se defiende luchando con acciones