Las fake son una forma de intervención que, sacando provecho de nuestra fascinación por las formas y los envases, adormecen nuestra percepción y nuestro sentido crítico, dejándonos huérfanos de contenido.

“No news, good  news” expresa con claridad y economía de recursos la idea de que,  la falta de noticias puede ser una excelente noticia. Máxima operativa en una realidad donde la pregunta era por la existencia o ausencia de estas, y no por su calidad.

Convertida en mantra y manida hasta el hartazgo en las redacciones de la prensa escrita, parece que hoy, la multiplicación de voces y canales requieren ensayar una nueva expresión que resuma el clima de época enrarecido por las fake news, y que bien podría ser: No news, just trash, algo así como “No hay noticia, sólo basura”.

Si bien es cierto que toda noticia es un conjunto de datos organizados en forma de relato,  donde la mirada del autor es un filtro inevitable, es ineludible la fiabilidad que estos proporcionan al contenido. Podemos cogerlos por donde queramos y hacerles cantar la letra que más se acomode a nuestra música; incluso más, con los mismos datos podríamos sostener unas conclusiones y según nuestro nivel de osadía, casi las contrarias. Pericia del analista mediante, se puede matizar el estruendo de su crudeza,   pero aún para esto hay un límite: el decoro de no violentarlos en exceso, evitando que su asfixia se lleve por delante nuestra credibilidad.

Desde el surgimiento de la autopista de la información, la multiplicación de los medios digitales y esas redes, que permiten el transporte global de la información a una velocidad de rayo, han venido a modificar antiguos paradigmas de comunicación con resultados dispares en nuestras prácticas cotidianas.

La irrupción de las redes sociales merecen especial mención en el análisis de este fenómeno, porque a partir de ellas, a la velocidad de la autopista se sumó el libre acceso de una gran variedad de voces a la escena de la producción y difusión de la información.

En ese solaz de libertad infinita de pronto todos teníamos voz, sin el filtro que imponen los medios tradicionales, determinando cuales son las voces autorizadas y a cuales les toca callar y aplaudir el espectáculo.

Ese ágora que se abría ante nosotros nos permitía, a golpe de teclado, intervenir en la producción y reproducción de acontecimientos del mundo que habitamos; podíamos incluso recortar y editar, ensayar nuevos discursos, y ponernos en liza con los productores y reproductores de saberes y poderes.

Las redes sociales iban constituyéndose en plaza, en asamblea y en el inquietante panóptico de los poderosos (y también, por qué no,  en el de la vieja que cotillea tras el visillo)

Parece ser que fue mientras pastábamos en esa  virtual y virtuosa plaza pública, cuando los constructores hegemónicos del sentido descubrieron la eficacia de envenenar la pastura.

El entusiasta hallazgo de la red como territorio de libertad, fue tornándose en pesimismo conforme se auguraba una regulación sobre el tráfico de información que por allí circulaba. Aunque finalmente la regulación no llegó como la imaginábamos en nuestras pesadillas, por aquello de que raramente nuestras pesadillas se realizan tal y como las imaginamos.

La prisa por transmitir ganó la partida a la veracidad de los datos y a la constatación de fuentes, y el ritmo de vértigo que las redes imponen proporcionó la justificación a muchos, y la coartada a los mismos de siempre, para verter mucha basura, ya fuera por ignorancia, por pereza, o por trabajo sucio hecho por encargo.

En este escenario, una silente y peligrosa consigna ha encontrado nuevamente abono para su huerto: “miente, miente, que algo queda”. Y no debe extrañarnos que en un momento de avanzada de los discursos autoritarios, sus ideas vayan enhebrando el sentido que recorre nuestras prácticas.

Debimos advertir que finalmente nosotros terminaríamos deseando una forma más elegante y legal de intervención, porque es pertinente denunciar, atreviéndome a plantear a modo de tesis que: las fake son una forma de intervención que, sacando provecho de nuestra fascinación por las formas y los envases, adormecen nuestra percepción y nuestro sentido crítico, dejándonos huérfanos de contenido.

Cierto es que revisarlo todo con lupa de editor responsable no es tarea fácilmente asumible, aunque sería de agradecer que cuando compartimos, retwiteamos o editamos,  ejerzamos responsablemente nuestro derecho a comunicar.

Esta forma de intervención, deshonesta y eficaz, es a la vez una forma de control sobre cualquier relato alternativo a la construcción dominante, por parte de quienes no renuncian a ningún espacio por controlar.

Cuando nos dimos cuenta de cómo nos estaban alborotando la plaza, el sistema de etiquetar le puso nombre al fenómeno: La Postverdad. Y como todo lo que nombramos existe, y lo que existe entra en juego, aquí estamos conviviendo con ella y combatiendo contra ella, de momento con poco éxito.

Para una vez que conquistamos un espacio que habilita formas más democráticas de construir relato y recrear los acontecimientos, hemos de reconocer que algo no hemos hecho del todo bien.

“¿En qué momento se jodió el Perú?” volvería a preguntarse un Zavala -hoy mirando absorto el derrotero de la pluma que lo parió- esta vez solito, discurriendo en la Catedral.

No hay un sólo momento, estos se van encadenando. Como en toda catástrofe, se requiere la confluencia de una suma de hechos desgraciados, que aislados serían asumibles, pero que cuando se combinan nos ponen a rezar.

Por caso la crisis sanitaria que hoy vivimos. A esta hora ya es evidente que el SARS-CoV-2 no podía provocarla solito, sin el auxilio de un sistema público de salud menguado y unos trabajadores sanitarios y de la economía de los cuidados vergonzosamente precarizados.

En esta crisis sanitaria que puso a parir a muchos, la máquina de producir mierda y venderla como primicia comenzó a operar. En esta situación de caos en el mundo real, la red no podía quedar al margen. A la falta de información se sumó la incapacidad de nuestros representantes para hablar claro y aceptar que aún no sabían de qué iba la peli.

Conforme en el mundo real avanzaban los acontecimientos, y mientras los responsables de formular políticas públicas para facilitarnos la vida se tiraban los trastos a la cabeza, la postverdad se ponía cachonda, y a la par de nuestros trabajadores sanitarios, trabajaba a destajo.  

El ruido se hizo ensordecedor, porque de eso van las fake, de meter mucho ruido en el canal y evitar que podamos entender algo. Nuestra subjetividad queda secuestrada y en este contexto, cual piezas dispuestas en fuente de horno,  estamos a punto para ser rociadas con el veneno del odio y salir a la caza de algún culpable.

Qué si la “irresponsable” marcha del  8-M fue el vector de contagio ( y de paso palo para las mujeres, que ya les estamos dando el siglo con tanto reclamo), que si los chinos, que si los ilegales, que si los aeropuertos abiertos, que si la ventaja de estar muy al oeste y la velocidad del virus; todo vale a la hora de que un cuñado, con mejores o peores intenciones,  nos explique la última fake que acaban de servirle en bandeja.

Y conste que el torticero ataque al 8-M es apenas una muestra de estas noticias envenenadas. Podríamos citar otras que vienen desde antes de ser nombradas como fakes y aupadas ante la pila bautismal como ahijadas de la postverdad.

Sus consecuencias serían menos lesivas si no cumplieran tan eficientemente la misión de configurar un sentido común colectivo, siempre tan ávido de respuestas rápidas para problemas complejos.

El lastre de lo público y la inflación del funcionariado es otro de los mitos que comenzaron hace tiempo a  construir con la argamasa del bulo: -Que tenemos más funcionarios que el resto de los países de la UE, que la mitad del déficit carga en su mochila el presupuesto en ayuda social, que los que utilizan nuestros servicios sanitarios nos dejan pariendo en las listas de espera; y así, machacando sobre los temas que llevan en agenda, con números que se inventan y que nos van mechando entre los cuarenta principales.

Sería absurdo esperar que cada vez que nos informan vayamos corriendo a los archivos estadísticos oficiales en busca de datos que se sustenten su fiabilidad, pero si alguno se avoca a la tarea, una vez dispuestos y organizados los guarismos para su correcta lectura, notará por ejemplo que nuestra ratio de funcionarios por cada cien mil habitantes es menor que lo que nos han contado. Lo cual es coherente, en tanto que los Estados del Bienestar del norte de Europa se caracterizan por una robustez de la que no gozó el nuestro ni en sus mejores horas.

Así que en lo posible, y para no envenenarnos de postverdad, huyamos del rigor de los cuñados.

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