Se nos ha hecho creer que la raza humana sobrevive por ser más fuerte, no por ser más colaborativa. Sin embargo, en estos meses, los centros sanitarios han funcionado como una colmena, de forma autoorganizada, colaborativa, a pesar de no contar ni con medios ni con personal suficiente. Todo el mundo ha desempeñado su papel; todo el mundo ha roto, de forma natural, cualquier barrera entre especialidades y destrezas, entre estudiantes y residentes, entre contratados y fijos, entre oficios diversos, todos igualmente útiles. Que no se nos olvide.

A finales del siglo XIX un pensador de nombre PriotrKropotkin contrapone a la imagen de que la vida humana se rige por el paradigma de la supervivencia del más fuerte, la del apoyo mutuo: en lugar de sobrevivir quien se impone a los demás, sobrevive quien vive con los demás.
No fue esa la idea que se transmitió generación tras generación ya que es más útil al sistema hacernos creer que la lucha de todos contra todos es más “humana” que la colaboración y el gregarismo. Sin embargo, de marzo a mayo de 2020, algunos hospitales y otros lugares de cuidados, se han convertido en ejemplos vivos de kropotkinismo.

De forma casi natural, el personal, que se ha visto desbordado ante la primera pandemia del siglo XXI, se ha auto organizado al no contar con el apoyo de las instituciones que hacía demasiado tiempo les habían abandonado ante las manos de intereses privados y que, en el momento de la verdadera necesidad, se han mantenido tan lejos como siempre.

Desprovistos de los más elementales medios de autoprotección, con plantillas ya mermadas y situaciones laborales precarias, algunos médicos, reconvertidos en gestores ante la baja de sus superiores, llegaban a su casa exhaustos y empleaban el poco tiempo que les quedaba de vigilia para organizar el trabajo de sus compañeros ante el incremento desbordante de pacientes.

Personal sanitario que, tras darle las buenas noches a sus hijos y quedarse dormidos a su lado, pasando así los escasos momentos de “normalidad” con sus familias, se levantaban a tientas para encender sus ordenadores y leer lo último publicado por si alguien, en algún otro lugar del mundo, tiene ya más información sobre cómo tratar a los pacientes más enfermos de la UCI. Porque… ¿cuánto sabemos de este virus? ¿cuánto podemos saber ante algo que sólo lleva meses entre nosotros? Y sin embargo, médicos de cualquier lugar han puesto sus conocimientos a disposición del resto de la comunidad científica a una velocidad nunca antes conocida, mientras los gobernantes juegan con las cifras y la forma de contarnos.

médicos y acompañantes
Sin l@s que nos cuidan estamos perdidos

No quiero enfermar. No puedo enfermar, porque dejo a mis compañeros solos. Nosotros no tenemos repuesto. Se pueden fabricar respiradores a cientos, pero a nosotros no se nos imprime en 3D. Si enfermáramos y tuviéramos que irnos a casa, ¿quién vendría mañana a cuidar a los pacientes? Estamos trabajando sin protección y no podemos caer malos.

Personal sanitario que mira tras el ojo de la puerta a sus pacientes, y descubren, entre ellos, a personas que conocen por ser abuelos de sus hijos, a personas cercanas… y sienten cómo en su propia familia la incertidumbre y la soledad vivida por aquellos a quienes cuidan y a quienes han visto morir sin poder hacer más de lo que han hecho.

Médicos que miraban sin cesar esas radiografías de pulmones blancos que no parecían reaccionar a ningún fármaco, preguntándose qué podían hacer, porqué no funcionaba nada.

Médicos que se daban ánimos entre sí para no sucumbir ante la frustración de pensar que su profesión, voluntariamente escogida, no tenía esa dimensión antes de todo esto.

Te tocas la cara. Te dices que vas a tener cuidado, pero es imposible y cuando te das cuenta ya te has tocado la cara. Es inevitable.

Sanitarios que al volver a casa y enterarse de que el personal de la residencia de sus mayores había decidido quedarse a vivir con ellos, para minimizar el riesgo de contagio y acompañarles hasta que todo pasara, han llorado de emoción reconociendo heroicidad en los demás sin darse cuenta de la propia.

Esos sanitarios que se han puesto el nombre con rotulador en sus trajes de plástico, como hicieron antes en China, para ser reconocidos por quien sólo ve unos ojos detrás de un traje de astronauta.

Esos sanitarios que han cantado cumpleaños feliz a sus pacientes o les han llevado a la familia unos minutos a su habitación de hospital mediante sus propios móviles.

Esas personas de profesión médica, enfermera, limpiadora, cocinera, celador, administrativa, informática, han vivido estos dos meses más en el hospital que en sus casas, 300 horas, doblando turnos y haciendo guardias como si, literalmente, no hubiera un mañana.

Estás tan agotado que de pronto te das cuenta de que no te has puesto el protector. No puede volver a pasarme, pero es que estamos tan cansados…

Ese personal, todo él, ha transformado el hospital en una colmena donde el oftalmólogo se ha especializado en llamar familiares, el ginecólogo en pasar historiales, el administrativo y el informático en todo lo que se necesitara para que el sistema no cayera, para que los datos estuvieran disponibles, y el pediatra en pedir pruebas al laboratorio mientras se repiten a sí mismos, menos mal que esto no afecta a los niños, a nuestros niños, a todos los niños, sino nos habríamos vuelto locos.

Se ha funcionado como un reloj: todo el mundo tenía un papel que desempeñar; todo el mundo ha roto, de forma natural, cualquier barrera entre especialidades y destrezas, entre estudiantes y residentes, entre contratados y fijos, entre oficios diversos, todos igualmente útiles.

¿Cómo puedo mandarte un paciente? Ya no tengo más camas.
Enhorabuena por el primer extubado
¿Cómo lo habéis logrado?

Se han preguntado entre compañeros quién tenía camas libres, quién había conseguido extubar al primer paciente y cómo lo había conseguido y todos se han felicitado por cada alta y han sufrido cada muerte que se han llevado a casa en sus sueños.

Todas estas imágenes, que difieren mucho de los relatos oficiales que se gestan en salones de asesores, son imágenes reales, vividas en primera persona por personal sanitario en activo que prefiere contar a guardárselo, lo que ha ocurrido en estos días. Porque contar también cura y porque escuchar también es cuidar y cuidarse.

Todas estas imágenes muestran que el ser humano es más kropotkiano que darwinista. Que los poderes públicos, cuyo destino es asegurar el nuestro, han fallado estrepitosamente; han jugado a ser la cigarra en el cuento de la cigarra y la hormiga, no han guardado ni provisto ni previsto, han externalizado y sacado rédito de lo que hoy llaman heroicidad, han tomado decisiones que afectan a todos nosotros y al medio ambiente sobre la marcha, sin un plan.

Que no se nos olvide cuando vuelvan a pretender hacernos creer que somos un lobo para el hombre, que las instituciones nos salvan de nosotros mismos o que sin gobierno estamos perdidos. Nada de eso ha ocurrido en un momento crucial de nuestra historia: la auto organización y el apoyo mutuo han primado sobre todo lo demás. Tenemos mucho terreno ganado, no retrocedamos al salir.

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Los aplausos nos animan, la sanidad se defiende luchando con acciones