Nos curan otros y nos curamos con otros, nos rescata la red de afectos y cuidadores que no nos dejan caer.

Mi primer contacto con el concepto de cuidadanía, se me presentó a primera vista,  como un error de imprenta. Esto da cuenta de una intuición de bruja, que nuestra cultura nos atribuye a las mujeres -y que en lo personal me honra- dado que, en su origen, un equívoco en la impresión de unas     invitaciones a la inauguración de un centro cultural barrial, parió el concepto que ya tenía contenido en las reflexiones feministas alrededor de lo que definían como una economía de los cuidados.

Aún no sabía que me esperaba un nuevo significante, al que la experiencia del tránsito por un estado de enfermedad primero, y la pandemia después, cargarían de profundo sentido.

El ecofeminismo venía a poner palabras a aquello que muchas ya rumiábamos en los bares, en lugares de trabajo, en las aulas, y en nuestras cocinas, donde el ingenio brota como en ningún otro lugar.

Urgía poner todo patas arriba, dudar de todo, y por sobre todo, de nuestro “sentido común”, que es un sentido arrasado por la lógica de la eficiencia, el mercado y la utilidad.

En un quirófano de hospital comarcal, rodeada de batas blancas y verdes, así como en el deseo infinito de ver a mi tía, (última referente viva de la generación que me precedió) en el justo momento en que la pandemia arreciaba y se filtraba en la residencia de mayores donde no me permitían verla, descubrí el calado y la carga de futuro que traía el concepto de Cuidadanía.

Por aquellos días entendí que no nos curamos solos.  La cura (palabra latina que significa cuidado) no es el resultado de una lucha individual, o una carrera de resistencia que pone a prueba nuestras capacidades, de la cual y salimos heroicos o perecemos. Nos curan otros y nos curamos con otros, nos rescata la red de afectos y cuidadores que no nos dejan caer. Nos proveen de sus fuerzas, y empecinadamente nos contagian de las ganas de seguir dando batalla, para la cual, es preciso estar vivo, fuerte y saludable.

Otra certeza que me interpeló es la devaluación que, con nuestro consentimiento, se ha hecho de la experiencia, de la memoria y del vínculo con nuestros mayores. De pronto nos dimos cuenta de que su muerte en soledad mataba una parte nuestra, y llorábamos su muerte y nuestra propia muerte

Cuando llegó el confinamiento todo era miedo, angustia, paranoia; la realidad se convertía en ficción de sí misma e irrumpían imágenes apocalípticas, prometiendo la catástrofe anunciada. Pero claro, si paramos el mundo y nos bajamos, ahí le vemos las costuras.

Cuando la maquinaria paró y todo nos arrojaba a la incertidumbre, arrinconándonos en nuestro mundo doméstico, y por primera vez veíamos sin zapping la realidad por la ventana de las pantallas de televisión, ahí lo vimos claro,  no había managers, ni corredores de bolsa, ni burócratas, ni agentes de seguro, ni gurúes del marketing, ni tan siquiera mesías que prometieran salvarnos; Ahí estaban ellas, las únicas imprescindibles: limpiadoras, enfermeras, áreas de servicio que sostienen la actividad en nuestros hospitales, celadoras, médicas, cajeras, reponedoras de supermercados y como no, nuestras vecinas.

La urdimbre se hacía visible, y ahí estaba la trama que esta sustentaba; ese conjunto de singularidades que somos, conformando un todo, en oposición a esa idea alienante de individuos aislados, apropiándose de un todo que ponen “fuera de sí mismos”, convirtiendo en mercancía su habitat natural, racionalizando, especulando, recortando a su antojo, reclasificando, disponiendo de el entorno y del espacio de lo común, en post de sus intereses particulares, en nombre de la eficiencia y la productividad.

¿quien cuida a los que nos cuidan?
¿Quien cuida a l@s que nos cuidan?

Cuando nos mandaron a casa, a muchos también nos mandaron, espero así sea, al rincón de pensar; a pensarnos y repensarnos, hasta volver intolerable la posibilidad de sucumbir a la tentación de mirar hacia otro lado.

Pocas imágenes avergüenzan tanto como ver a nuestros cuidadores improvisando EPI´s con bolsas de basura, para hacer su trabajo como sea, a como dé lugar, porque la muerte no espera.

Bolsas de basura, como metáfora del lugar de descarte en que los colocó el estado de cosas que llamábamos “normalidad”, dónde las acciones de los cuidadores cotizaban a la baja.

Ninguna imagen alimenta tanto la esperanza en el porvenir como la de aquellos empleados de una residencia de ancianos encerrándose con ellos, renunciando a sus almohadas, a su ducha, al calor de sus afectos, para levantar una muralla y proteger a nuestros mayores, haciéndole una peineta al virus con corona.

Lo que era evidente por fin se hace visible y nos interpela: no son héroes, son trabajadores precarizados, ciudadanos devaluados por la lógica de “el mercado”.  La visión épica de héroes que se nos impone desde el “sentido común”, relato construido para sostener lo insostenible, invisibiliza la trama y nos devuelve a la lógica del individuo haciéndose a sí mismo, sobreviviendo o sucumbiendo según sus capacidades. 

Un cambio de paradigma implica necesariamente una  mirada nueva   que nos permita tomar conciencia del entramado de singularidades que conformamos y de la interdependencia que nos mantiene vivos. La urdimbre es el hábitat, y la economía de los cuidados es condición para el equilibrio de “el todo”.

Comienza la desescalada, y muchos de nuestros sanitarios, y esa larga lista de trabajadores de la economía de los cuidados, en la cual cometí el imperdonable error de omitir a los educadores, están a la espera de ver hacia donde rumbeamos sus conciudadanos. ¿Hasta donde es cierto que vamos a defender lo común? ¿hasta dónde acompañaremos y promoveremos su reclamo por condiciones de trabajo que honren su dignidad, y la propia? 

En el horizonte se abre una ventana de oportunidad, con la amenaza de siempre: retornar a lo conocido, olvidar y seguir haciendo girar la noria.  Pero esta vez no será tan fácil, porque el lugar del que salimos ya no existe, y de persistir en su lógica, nos espera un lugar peor. Porque los movimientos sociales y esas olas transversales que todo lo impregnan, el feminismo y la ecología, están augurando ya la llegada de un nuevo tiempo.  Un tiempo basado en la economía de los cuidados que ponga en el centro la vida.

Nuestros cuidadores se autogestionan, nosotras nos autogestionamos en el desempeño de nuestra tarea de cuidar. Sólo hace falta que el entramado social contenga y sostenga esta nueva lógica.         

Cuando volvamos a la calle, y llenemos nuestras plazas, porque los pueblos siempre vuelven a llenar sus plazas, no olvidemos que lo público, y por caso nuestra sanidad, se defiende: reclamando por su financiación, por su universalidad, y por la dignidad de las condiciones en que los cuidadanos imprescindibles llevan a cabo su labor.

Si cumplida la tarea además queda tiempo, los seguiremos aplaudiendo.

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Los aplausos nos animan, la sanidad se defiende luchando con acciones